domingo, 9 de diciembre de 2018

Ese malentendido al que se suele llamar familia (Taller Bremen)



“Lo absurdo es esencialmente un divorcio. No está ni en lo uno ni en lo otro de los elementos comparados. Nace de su confrontación. En el plano de la inteligencia puedo decir, por tanto, que lo absurdo no está en el hombre (si semejante metáfora tiene un sentido), ni en el mundo, sino en su presencia común”.
-Albert Camus-
(El mito de Sísifo)

Los médicos del servicio de urgencias del hospital que atendian a Cecilia Rodriguez constataron de inmediato que sus constantes vitales se distraian con cualquier cosa, haciendo de todo menos lo que se podría esperar de ellas. Cecilia respiraba ahora sí, ahora tal vez; su corazón no acertaba a latir dos veces de la misma forma; sus analíticas eran un país sin ley que no dejaba hueco alguno para la esperanza. En el box 23 todo parecía indicar que el tiempo había pisado a fondo el acelerador de un vehículo, el de ella, sin control alguno. Es comprensible que, ante semejante panorama, el doctor Juan Prieto, tal vez con cierta precipitación pero sin maldad alguna, pronunciara la fatídica frase.
-Enfermera, dígale a la familia que pase.
El primero en entrar fue Francisco, un primo segundo que un día quiso quererla pero luego se le olvido. Casi de inmediato hizo un amago de llanto que desbarató su rodilla al golpearse con el cajón mal cerrado de las gasas esterilizadas. Detras de él, como empujando, entraron María y Remedios, hermanas de Cecilia. Una le cogió la mano derecha y la otra, levemente contrariada por tener que rodear la cama, tuvo que contentarse con la izquierda. Sin saber porqué, las dos miraron al mismo tiempo el reloj sin pilas que, detenido a las siete y diez, colgaba en un rincón. A tronpicones y sin transición entraron Felisa, Paquita, Remedios y Anabel, más de trescientos cincuenta años equitativamente repartidos entre las cuatro tías por parte de madre. Felisa y Paquita eran malas, Remedios y Anabel nunca fueron buenas. Se sabe que las cuatro atesoraron siete maridos. Uno desapareció un viernes después de cenar; otro, por error, se tiró de un primer piso convencido de que era el octavo y desde ese día nadie se lo toma en serio; y los otros cinco, más acertados y resolutivos, optaron por el merecido y definitivo descanso. 
Aun no se habían desabrochado los abrigos las cuatro cuando entró Felix, el que fue marido de Remedios, amante de María y amigo lúbrico de Paquita.  El box empezaba a mostrar señales de fatiga cuando hicieron su aparición Pedro y Sónsoles. El hijo mayor de Cecilia y su segunda esposa. Ante la dificultad de llegar hasta donde yacía su madre, optó por besar a Francisco, que era quien estaba más cerca, y preguntarle como se encontraba. Este, algo aturdido por la inaudita muestra de afecto, entendió que le preguntaba por su  salud y le explicó, de forma detallada y explícita, su reciente visita al urólogo, haciendo especial incapié en la desagradable técnica del tracto rectal. Dando bocanadas para capturar algo del casi inexistente aire, Cecilia susurró un “tengo sed”, pero dadas las circunstacias el sencillo mensaje ya no se pudo escuchar. Digamos que ya no cabía nadie más cuando llegaron, con una regularidad de metrómano, Josua, Isaac, Patricia, Melani, Monolo y Monolito, Teresa con su dos hijos y Pilarin, todos componentes, en diversos grados e intensidades, de ese malentendido al que se suele llamar familia. Como era de esperar, entre desmayos, airadas discusiones y  algunos forcejeos, el box colapsó, las cortinas cayeron y Cecilia falleció un poco antes de lo previsto por falta de oxígeno -alguien piso el tubito sin querer-. 

Cuando la policia, requerida por el doctor Juan Prieto, consiguió desalojar, no sin grandes esfuerzos y algún que otro golpe,  a esa marabunta familiar, el espectáculo en el servicio de urgencias era desolador. Cecilia presidía con silenciosa y comprensible tozudez, y a su alrededor, esparcidos por el suelo, se podían ver los restos del triste y absurdo suceso. Palomitas de maiz, dos bolígrafos, una revista de moda, un recibo del gas, tres latas de refrescos y seis de cerveza, unas zapatillas de estar por casa, dos tubitos con un poco de polvo blanco en su interior, un cd doble de José Luis Perales y un preservativo -entenderé que sean incapaces de creérselo- usado era, entre otras muchas cosas, lo que aguardaba en respestuoso silencio para ser retirado por el servicio de limpieza del hospital.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Si yo me contara -4-



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Debería dedicarle algo más de tiempo a crearme algunos recuerdos. Afortunadamente, para hacerlo aún dispongo de todo el pasado por delante.
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Un gato persiguiendo su cola, aunque  no descarto que sea la cola la que no da tregua al gato.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

J.L.Borges, cuentito apenas, no más. (Taller Bremen)



 Habitaba en las palabras, pongamos que compartía con ellas una pieza de techos altos donde una muchedumbre de libros le consentían el espacio para tumbarse y fumar. El sol, que sabía donde buscarlo, leía con él hasta cansarse, y el silencio sin tal vez, desnudo, de la noche también. Cuando le daba por dudar de si estaba vivo o era solo un cuento escrito sin ganas por un don nadie, molesto por el tedio de una tarde interminable, tiraba de cuchillo. Era entonces cuando usaba el espejo para aseguarse que era él y no otro el que se había puesto el saco cruzado, del que salía a un lado el bultito del puñal. Luego, por costumbre y porque sí, salía a las esquinas en busca de unos ojos que cometieran el definitivo error de sostenerle la mirada. Artesano del golpe, casi sin ganas, buscaba la riña, el insulto y el ingrato regalo de la herida, solo para saberse hombre y poder andar despacio. En los boliches que se hacían olvido entre bravatas y guitarras, los más ignorantes sabían que las mujeres le temían y que justo por eso, y por su forma de estar cuando ya no estaba, todas lo buscaban; que ninguna vejez le esperaba era algo de lo que tampoco nadie se hubiese atrevido a dudar.

 No muy lejos de esa hombría triste, de ese alboroto, confundiéndose entre la cosas de las sombras que comparten con él la pieza de techos altos donde los libros le permiten estarse, haciendo de cada movimiento una frase de pulcra levedad, ciego solo por eludir las molestias de tener que leer el mismo libro que los demás,  J.L.Borges se sabe ficción, cuentito apenas, no más. Apoyado en su bastón se ha ido haciendo texto al tiempo que abandonaba al pendenciero de saco y cuchillo a la matraca de una breve y precisa realidad. Solo por si acaso no se apresuren a desmentirlo, no caigan en el error de la mentira y la verdad,  y ándense con cuidado en las esquinas, no vaya a ser que sin querer le sostengan la mirada a un hombre y de un golpe la noche les quite toda la razón y se les ponga última y distinta.

martes, 20 de noviembre de 2018

Si yo me contara -3-




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Hace unos días se dió a conocer, en diversos medios de comunicación, que el Ayuntamiento de Valencia quería regular algunas cuestiones relacionadas con la incineración de cadáveres. En una de ellas se planteaba prohibir dicha incineración a todas aquellas personas que padezcan de obesidad mórbida, argumentando un excesivo consumo de combustible, así como un notable perjuicio para el medio ambiente. Dado que para reflexionar un rato puede ser más que suficiente un zapato, decidí dedicarle un poco de tiempo a la cuestión.  A continuación expongo, para una más que dudosa posteridad, algunas de las dudas que me visitaron:
- ¿La estupidez arde más rápido?
- ¿La cremación de un alcohólico puede considerarse una actividad de riesgo?
- ¿Cómo debe ser la resurrección de un incinerado?
- ¿Hay descuentos en el infierno para los que han optado por ser incinerados?
- ¿La acidez de estómago es un ensayo -una previa- de la cremación?
- ¿Es cierto que en el mes de Agosto en Sevilla nadie quiere ser incinerado?
- ¿Tirar al mar las cenizas de alguien que murió ahogado en el mar está considerado en el código penal como delito, falta grave o simplemente algo de muy mal gusto?
- ¿La incineración de un amante de las barbacoas es algo parecido a un ajuste de cuentas?
- ¿El humo producido por la cremación de un ministro de justicia sube más recto y llega más alto que el de un conductor de autobuses? 
- ¿Pueden las llamas aplicar el derecho de admisión?

sábado, 17 de noviembre de 2018

Si yo me contara -2-


-2-
Esta tarde, absorto en el impúdico esplendor de lo indiferente. Esa forma de mostrarse de un otoño en la que el observador se sabe totalmente innecesario.
-3-
Leo una y otra vez el mismo texto en un libro de fugacidad.
-4-
Animal complaciente, asombrado por la proliferación inusitada de requerimientos y expectativas de gente con la que nunca he compartido ni ducha ni calzoncillos.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Pere-Màrtir


  
  Ahora que ya no estás contigo y que has cedido el espacio que ocupabas a cosas muy distintas de ti; ahora que tus pinceles inauguran una orfandad inconcebible y que en el mar, esa república que tanto quisiste, ondean desconsoladas banderas de espuma; ahora que de un solo golpe has añadido un poco de noche a la noche, un poco de tristeza a la lluvia, un poco de esquina al recuerdo, dime, querido amigo, qué cojones tengo que hacer yo ahora para no darte la razón en tu disparatada idea de estar muerto. 
¡Que no, Pere-Màrtir, que no, no insistas! Que ni puedo ni quiero creerte, que ese enorme silencio que tú me cuentas yo no me lo creo.



lunes, 6 de agosto de 2018

El trajín de la felicidad


  
  Cuando llega el verano la actividad se intensifica y a duras penas nos da el cuerpo para resistir el trajín y las severas molestias que la búsqueda de la felicidad conlleva. Como de costumbre, en esta mínima historia los dioses llegaron tarde a la cita y solo la mochila, con la pasión y la ternura de su abrazo, quiso entender de rigores, cansancios y abandonos.