viernes, 4 de septiembre de 2020

Bárbara Blasco ("Dicen los síntomas" -Premio Tusquets de Novela 2020-)



Decir que a Bárbara Blasco le han concedido el Premio Tusquets 2020 por su novela “Dicen los síntomas” siendo cierto no es preciso. Mucho más ajustado a razón sería afirmar que todos los síntomas dicen que esta novela es para Tusquets un premio que les ha concedido Bárbara Blasco.
Aun siendo consciente de que nada nuevo aporta insistir en que Bárbara es alguien que sabe decirse de una forma deslumbrante, resulta que esta tarde me apetece insistir. Contemporáneos afortunados, algún azar nos ha permitido contemplar el “Big Bang” de una escritora que ha ido configurando su obra como un Orient Express de cercanías -un lujo con el que desplazarse a cualquier cotidianidad-; una escritora sabedora de que los grandes viajes caben en el espacio que configuran las esquinas; una mujer plenamente consciente de que a las historias más hermosas no les sientan bien las mayúsculas, de que todas las Islas del Tesoro pueden concebirse entre un “por favor, un cortado” y un “¿cuánto le debo?.
Por lo demás, es normal que faltando todavía algunos meses para la próxima Feria del Libro, y siendo la gente consciente de lo mucho que perjudica la salud tanto tiempo a la intemperie, estemos ahora aquí solos, mi sombra y yo, inaugurando la larga cola que sin duda se formará. Más aquejado de ilusión que de juicio, la cuestión es que quiero ser el primero al que firme un beso; no me da la gana ser el segundo en decirle lo que ya sabe; me niego a ser el tercero en leer lo que sus palabras han escrito de ella. Ni que decir tiene que no despreciaré, si alguien se acerca a mi persistente espera, algo caliente e incluso algunas monedas.

martes, 1 de septiembre de 2020

A destiempo la luz -4-



“En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a escupir 
y los lirios abrirían un burdel.”
-E.M.Cioran-

…y la luna ladraría a los perros
…y la lluvia quemaría la piel
…y la muerte asistiría a los entierros
…y las tardes solo sabrían a hiel.

lunes, 31 de agosto de 2020

A destiempo la luz -3-



“Libre de la memoria y de la esperanza, ilimitado, casi futuro, el muerto no es un muerto: es la muerte.”
-Jorge Luis Borges-

En la esquina donde perdiste tu nombre
aguardan en vano los espejos.
Tú, ya sin contorno,
al otro lado de todo, 
te confundes y apaciguas 
orgulloso de no ser.

domingo, 30 de agosto de 2020

A destiempo la luz -2-



“Próximo está tu olvido de todo, próximo también 
el olvido de todo respecto a ti.”
-Marco Aurelio-

El olvido es un perdón involuntario, 
también un agravio que se sabe perfecto,
y un hueco, un espacio al que no le queda espacio.
El olvido es una noche soñada por un sueño,
una mirada para siempre sin objeto,
un crimen con el que matamos muriendo.

sábado, 29 de agosto de 2020

A destiempo la luz -1-



"¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan, lo sé; 
si me lo preguntan, lo ignoro."
-San Agustín-

La puerta azul es siempre el mismo instante;
y es que tal vez el tiempo sólo sea una impaciencia,
o un cansancio que se expande,
o quizás una pregunta que le hacemos a nadie.

domingo, 28 de junio de 2020

Su innumerable Quién (Taller Bremen)



“Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios / este más vivo que aquél) es un hombre / (tan fácilmente uno se esconde en otro; / y no obstante, cada uno, siendo todos, no se escapa de ninguno) / tumulto tan vasto es el deseo más simple: / tan despiadada mor- tandad la esperanza / más inocente (tan profundo es el espíritu del cuerpo, / tan lúcido eso que la vigilia llama sueño) / tan solitario y tan nunca el hombre solo / su más breve latido dura un año terrestre / sus más largos años el latido de un sol; su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven. / ¿Cómo podría ese que tanto se llama a sí mismo Yo / atreverse a comprender su innumerable Quién? “


-Edward Estlin Cummings- 


  Astutas, sin duda, las verdades suelen ser invenciones que han hecho todo lo posible para no acordarse, ni ellas ni nadie, que lo son. Es por ello que esta historia no puede ser verdad, aunque lo que en ella se cuenta sucediera en el centro penitenciario de Lladoners entre Joan Balcells, independentista catalán condenado a siete años por sedición, y Pedro González, condenado a muchos más por diversos atracos a mano armada. 


  La mañana del doce de abril, un par de semanas después de que Joan ingresara en prisión, la lluvia impidió la habitual salida al patio y también quiso estar al corriente de la primera mirada entre ambos, revestida de recelos, curiosidad y burla. Esa mañana, hurgándose un poco en algo que andaba a medio camino de la tristeza y el orgullo, Joan miraba por la ventana mientras se olía en las manos la misma colonia -tal vez excesivamente cara para alguien que acumulaba diversas inquietudes sociales- que hace pocos meses esparcía entre las bancadas de la oposición en las interminables sesiones del Parlament Català. Acababa de cumplir cincuenta y dos años y el pelo de que disponía en la cabeza era ya apenas un escaso y vago recuerdo de lo que había sido una juventud que osciló entre las manifestaciones y los escarceos políticos y el piso amplio y soleado que, a dos pasos del Passeig de Gracia, años después heredó de sus padres. 
  En lo que se refiere a Pedro, lo cierto es que nunca supo con exactitud la edad que tenía. Según lo que decía su madre, que murió de un resfriado mal curado hacía ya más de veinte años, ahora debería de tener cuarenta y siete, pero en todas las fichas policiales constaba que tenía cuarenta y nueve. El insistía que tenía más de cincuenta, aunque es probable que solo lo dijera para intentar acortar la pena que le quedaba por cumplir. De padres emigrados de un pueblecito tan nada que ni siquiera permitía el recuerdo -un lugar como tantos otros del que hasta los piojos procuraron marcharse-, era el mayor de tres hermanos, aunque solía decir que desde hacía mucho tiempo era el mayor, el menor y el mediano de tres hermanos, dado que a los otros dos la heroína les había dado un excesivo anticipo en lo que a la cifra total del olvido se refiere. 
  Generaría un fácil consenso afirmar que Pedro nunca fue guapo, aunque siempre gustó a las mujeres; hombre contradictorio, sin duda, si se tiene en cuenta que tampoco nadie le había visto sostener un libro entre sus manos y a pesar de ello siempre sabía qué decir. 
  Con esos dos guiones tan dispares, con esas dos biografías casi irreconciliables, sería una enorme decepción -también una vulgaridad-, que hubiese sido cualquiera de las infinitas perspectivas del amor a lo que esa primera mirada diera comienzo, pero si que fue el inicio de una desazón del todo irrazonable. No empezaron a desearse el uno al otro, cosa que suele suceder con frecuencia en las cárceles y también en las colas para pagar de los supermercados, sino que, algo más infrecuente, a partir de esa mañana lluviosa ambos quisieron de dejar de ser lo que eran para ser el otro. Aunque les pueda parecer inverosímil, desde ese instante Joan quiso ser Pedro y Pedro se propuso ser Joan. 
  Poco a poco empezó uno a frecuentar la pésima biblioteca de la prisión para leer -huelga decir que apenas sin entender nada- todo lo que caía en sus manos, mientras el otro se ejercitaba en el aguantarle la mirada a los más inquietos, cosa que le permitió ingresar siete veces en la enfermería con la cara mejor o peor partida. Todo les interesaba del otro, pero no por amis- tad o cariño, sino para fagocitarse, para apropiarse de una vida completamente distinta a la suya, esa que ambos habían decidido contradecir. 
  Una forma como cualquier otra de rebelarse contra el destino que los había llevado a interpretar un solo papel; tal vez la forma de aliviar la mala conciencia de haber sido siempre el mismo, la insoportable sensación de no haber sido otro distinto; en el fondo un contundente desacato a ese carcelero que desde niños se acostó todas las noches con ellos. 
  Firmemente aislados por un círculo de desconcierto, tal vez protegidos por el atávico y vago respeto que la sospecha de la locura provoca, lo cierto es que a nadie se le ocurría merodear por lo que estaba pasando. Sus largas conversaciones, sus interminables y circulares paseos por el patio de la prisión no parecían importar a nadie. 
  Con absoluta atención escuchaba Pedro como los fascistas fusilaron a Lluis Companys en el Fossar de Las Moreras de Monjuich; con idéntico interés Jordi atendía los detalles de cómo se ha de hacer correctamente el mantenimiento de una pistola automática de 9mm. Si uno se esforzaba en entender las diferencias básicas entre una república y una dictadura, el otro tomaba notas precipitadas de como suelen ser las medidas de seguridad de una oficina bancaria. Si al principio Pedro dejaba perplejo a los guardias dándoles los buenos días, aún más confusos les dejaba ver como Joan acumulaba castigos por todo tipo de desacatos y altercados. 
  Lo que les deparó ese despropósito no podía ser muy distinto de lo que suele ser habitual cuando creemos haber logrado configurar cualquier futuro: un total descalabro. 
  Joan, en su primer permiso, intentó atracar la sucursal de La Caixa ubicada en la calle Mallorca, pero sin querer lo hizo en catalán, cosa que no solo le restó casi toda la credibilidad (intenten ustedes decir: “mans enlaire, això és un atracament, que ningú es mogui o li esbotifarro el cap d’un tret” i verán lo difícil que és mantener un mínimo de seriedad), sino que facilitó de inmediato que uno de los cajeros le reconociera e incluso que llegara a musitar, muy flojito, un “Visca la República”. Un par de horas más tarde -eso fue exactamente lo que le duró su vida de delincuente en libertad- fue detenido. En lo que se refiere a Pedro, consiguió una importante reducción de pena por buena conducta y bien poco le faltó para sacarse la carrera de abogado por la Universidad a Distancia. Desgraciadamente, cuando le faltaba solo un curso para licenciarse, lo atropelló mortalmente un sueco con un patinete precisamente en la calle Mallorca, esquina con la calle Girona.  Por lo demás, es natural que los amigos y la familia de Joan poco a poco dejaran de visitarlo -los de Pedro no fue necesario, primero porque no tenía y segundo porque estaba muerto-. 

jueves, 14 de mayo de 2020

Lo tenía todo, absolutamente todo (Taller Bremen)



  Lo tenía todo, créanme, absolutamente todo. 

  Fue la grosera lluvia de una tarde de abril la que quiso sentarnos en dos mesas contiguas de un bar sin épica de lo que antes fue un barrio, la Barceloneta, y ahora ya nadie sabe exactamente qué es. Tal vez no es del todo cierto si les digo que nunca podré olvidar sus ojos, tan azules  que parecían estar al corriente de algunas cosas del mar -para que se me perdone ese tal vez les diré que con cada parpadeo parecía romper una ola y que esa tarde, al salir del bar, el sol los buscaba para ponerse tranquilamente en ellos.

  Muy pronto supe de su risa, que a pesar de que siempre andaba un poco a destiempo, como al que de pronto le duele el pisotón que le han dado en el metro hace tres días,  era lo más parecido a destapar el teclado de un hermoso piano de cola. Los dientes de arriba cómplices con los de abajo, blancos como pequeñas paredes recién encaladas; ni grandes como los de un castor enflaquecido, ni pequeños como los de un ratón sobrealimentado.  

  También era evidente , para todo el que quisiera fijarse, que su belleza paseaba de la mano con una inteligencia digamos del tipo "puzzle tercer nivel" (como es sabido, el primero, el más común entre la clase política, consiste en saber abrir la caja; el segundo ya permite agrupar las piezas, lo que se diría cohesionar y relacionar con agilidad cualquier caos, y el tercero, muy poco habitual excepto en algunos talleres literarios, suele ser el responsable de propiciar razonamientos y decisiones deslumbrantes).

  Pues bien, como les decía, ya desde muy pequeña, según pude constatar al enseñarme algunas fotografías, esquivó con acierto cualquier desarmonía, y todo gracias a una genética cómplice que le permitió ubicar cada cosa en su sitio e incluso cada sitio en su cosa. Recuerdo que me dijo -y yo la creí- que en el colegio de las Madres Escolapias donde fue niña, rubia y con trenzas durante al tiempo habitual, anduvo siempre oscilando entre la segunda y la tercera más lista de la clase, desistiendo de cualquier otra ambición por pura prudencia al constatar las distintas fealdades que solían encarnizarse con las primeras. 

  Entenderán que con todos esos atributos, a lo que habría que añadir la incomprensible decisión de gustarle yo, empezamos a salir de la forma en que lo hacen casi todas parejas que empiezan a salir. Es decir, exigiéndoles a las mañanas que fuesen más hermosas, obligando a las noches a no desfallecer, forzando a los camareros a un plus de alegría, fatigando a las rutinas para convertirlas en genialidades, en fin, quemando con rapidez las distintas etapas que los deslumbramientos exigen.

  Ni que decir tiene que en la cama, como en el despacho de abogados donde ejercía, también lo hacía todo bien (hasta mi espejo recuerda cómo se pintaba los labios, primero uno y después el otro, nunca los dos a la vez). Es decir, resolvía los distintos conflictos y situaciones que se planteaban entre sábanas con agilidad y rapidez, aunque a decir verdad siempre follábamos con un leve regusto a expediente abierto, a caso activo, a eficaz análisis de pruebas y alegaciones. Un juicio más o menos rápido del que, a pesar de salir siempre absuelto, hacía que abandonaras la sala sabiendo que ese amor, de alguna u otra manera, estaba condenado. 

  Es por ello que no tardó mucho el tiempo en quitarnos la razón que nunca tuvimos, en deshacer el juego de posibles, en dejarnos de nuevo en punto muerto. Ha sido mucha la soledad necesaria para llegar a entender que, a pesar de tenerlo todo, absolutamente todo, a esa mujer le faltaba algo, y ese algo, ahora lo sé, era el swing.