Dice mi Mula que no le molesta en absoluto que la llamen mula si esa convención tranquiliza al que la usa -tampoco le importaría, por idéntica razón, que la llamaran alondra, mecedora o chinchorrera- . Afirma, sin el menor titubeo, que la nieve no es feliz y que sin embargo no se le conoce tristeza alguna, siendo ese el motivo por el cual, para evitar malentendidos, no suele desear felicidad aunque tampoco nevadas -esa absurdo posicionamiento ha provocado entre nosotros mas de una agria discusión-. Insiste, sin dejar resquicio a la duda razonable, en que tarde o temprano nuestras biografías se confundirán hasta el punto de que será imposible establecer quién de los dos masticaba palabras y quién hierba fresca.
Convendrán conmigo que dejar en sus patas la necesaria tarea de los buenos deseos era poco menos que liquidar de un plumazo cualquier vestigio de relación social a la que pudiera aspirar mi exacerbada soledad.
Les ruego que no se precipiten en adjetivarla. Querer, lo que se dice querer, el bicho quiere, pero sospecho que la adorna esa particularidad que consiste en saber mucho de nada e importarle poco de todo.
Por todo lo dicho, seré yo quien les desee la salud que ustedes prefieran y la alegría menos triste de todas (no me cabe duda que ella les desea otras cosas buenas, pero como de costumbre, se las calla).
Un beso que, por razones obvias, es sólo mío.





