jueves, 18 de septiembre de 2014

El general menguante (Taller Bremen)



La mañana del cuatro de Junio, a eso de la siete y media, el general Benjamín Himmler cagaba mientras, como era habitual en él, procedía a repasar los informes facilitados por los servicios de inteligencia. Los objetivos acordados conjuntamente con su estado mayor para el bombardeo del día anterior habían sido plenamente alcanzados, siendo los inevitables daños colaterales perfectamente asumibles. Su ayudante esperaba justo detrás de la puerta entreabierta del baño para recibir las órdenes, y previsiblemente las felicitaciones, que debería transmitir urgentemente a los responsables de la operación. La costumbre no conseguía impedir que al teniente le siguieran incomodando, y más estando en ayunas, el chapoteo de la mierda al precipitarse en el fondo de la taza y el siseo, como el lengüetazo de una vaca en una pared recién encalada, del papel al deslizarse por el culo del general. Tampoco le provocaba nada parecido a un bienestar el cordial apretón de manos que solía preceder a la inexcusable salutación marcial, dado que nunca escuchó ningún grifo abierto, ni nada que hiciese sospechar la más mínima higiene.

El despacho era amplio y a esa hora la luz, nítida y hermosa, se enredaba entre juguetones destellos en la condecorada pechera, y es que Benjamín Himmler era el actual estandarte de una generación, la tercera, de militares sin máculas ni vacilaciones conocidas que pudieran ensombrecer sus prestigiosas carreras. Legendariamente eficaces, habían aprendido a no retroceder, a no mirar atrás y ni siquiera a los lados, a golpear con precisión sin el más mínimo remordimiento. Para todos ellos ser militar era su forma de tener razón, y el inevitable contratiempo de la muerte y el dolor ajenos, apenas el guiño que su Dios, cómplice siempre comprensivo, les hacía.

Esa mañana, sobre la mesa repleta de papeles, al general le llamó la atención una carpeta azul con el sello del servicio médico. Al abrirla vio que se trataba del resultado de las pruebas y analíticas que, mensualmente, solían hacer a los altos mandos. Todo en orden y acorde con su herencia genética, fuerte y rotunda; todo excepto una pequeñez que le inquietó un poco: había perdido tres quilos y, lo que era más curioso, dos centímetros. Su imponente metro ochenta y siete era ahora un desconcertante metro ochenta y cinco. La tentación de atribuirlo a un error no prosperó, al constatar que los pantalones le rozaban un poco por el suelo. 

Dos semanas, siete bombardeos y ochocientos muertos más tarde, decidió acudir a su médico de confianza. Ya eran diez los kilos perdidos y aunque parezca increíble ocho los centímetros de menos. Tres veces lo midió el doctor y tres veces se detuvo la cifra luminosa en el metro setenta y nueve. Casi innecesario era dada la forma en que las mangas le colgaban y el evidente bajón que las medallas habían dado, pasando de coronar su orgullosa pechera a casi reposar en su flácido abdomen. Estaba empequeñeciendo y eso era de una evidencia incuestionable.

Desconcertado, como es natural, quiso el doctor saber si últimamente había notado algún cambio, algo en su rutina de hombre que dicta y ejecuta, que pudiera aportar alguna pista a su extraña dolencia. El general reflexionó unos segundos y le dijo que no, a excepción tal vez de una sensación, a medio camino de la melancolía y la inquietud, que le sobrevenía cuando cagaba. De un natural poco dado a las metáforas, se esforzó y le dijo que era algo parecido a lo que se siente cuando despedimos a un ser querido en una estación de tren. Tentado a una salida fácil y airosa, a punto estuvo de decirle el doctor que las causas más probables eran la presión a la que últimamente estaba sometido, pero optó por la prudencia y le dijo que para establecer un diagnóstico más ajustado era mejor esperar a la realización de más pruebas.

Al llegar a un metro cincuenta y seis el tema se convirtió en una cuestión de estado. Se barajaron distintas hipótesis. Entre las mejor posicionadas estaba una depresión con efectos menguantes. Su mujer y su ayudante se sumaban a los que así opinaban ya que cada mañana lo escuchaban sollozar amargamente mientras cagaba. Es algo desgarrador, decía el teniente, como si con cada apretón trocitos de  mi general se desprendieran de él -a su favor hay que decir que dejó de darle la mano tras el saludo marcial-. Algunos miembros de la más alta cúpula militar, los más belicosos, optaron por culpabilizar al servicio secreto enemigo. Afirmaban que alguna sustancia, virus o plutonio enriquecido estaba consumiendo a su general en jefe. En consecuencia, proponían redoblar los ataques para castigar a los culpables. 

La conclusión del informe realizado por los mejores especialistas del país era desoladora: "…ningún indicador ni señal, en las múltiples analíticas realizadas, permite relacionar el caso con cualquiera de las enfermedades conocidas; nada explica el porqué el paciente se hace mierda, el motivo por el cual es defecado por su propio ano, el desequilibrio que ha llevado a sus propios intestinos a expulsarlo sin ningún miramiento". Razonablemente camuflado en algún párrafo del desesperanzado informe, alguien, tal vez con alguna malicia, se atrevió a bautizar el mal como Síndrome del Hombre Excremento (como era de prever, ese párrafo y algunos pormenores de la dolencia, no figuraban en el posterior comunicado oficial facilitado a la prensa).

Cinco meses más tarde, enmarcada la escena en las primeras contracciones de un frío y poco acogedor amanecer de noviembre, el Alto Estado Mayor del Ejercito, con sus uniformes de gala, rodea en posición de firmes la taza del water. El teniente, con los ojos visiblemente enrojecidos, sostiene por las axilas el diminuto cuerpo del general. Algo parecido a la agonía de un colibrí antecede a la última expulsión. El ruido de la mierda al caer es apenas el de una gota de lluvia al golpear en una ventana. Su sucesor, recién designado, tira de la cadena y con la gravedad que el momento requiere pronuncia despacio la frase que todos esperan: señores, nuestro General en Jefe nos ha dejado. Un silencio sobrecogedor repta por las baldosas.   Al unísono, los tacones golpean el suelo y las manos se dirigen a las respectivas gorras con una precisión y marcialidad exquisita. En ese momento nadie quiere ver lo evidente: a todos les sobran tres dedos de manga.

domingo, 31 de agosto de 2014

Una pequeña maldad sin apenas malicia




En Andorra, como en otros países donde hay montañas y costumbre,  se practica el esquí. Propios y extraños se aplican en subir cuestas, a poder ser nevadas, de muy distintas formas y maneras para después bajarlas según criterio y determinación de cada uno. Hasta aquí la cuestión podría parecer sencilla, otra cosa muy distinta es que lo sea. Que un león dedique la tarde, y sus correspondientes esfuerzos, a cazar una cebra, no debería provocar excesiva controversia, aunque tal vez sí la genere en abundancia que un pingüino se empeñe en tal captura. De ahí nace la bendita risa y no descarto que algunas molestias y espantos. Intentaré ceñir un poco más la cintura de la cuestión y proponerles el ejemplo de un perfil frecuente: mamífero de mediana edad -es decir, si nadie le ve severo inconveniente situaré a nuestro ejemplo entre el nacimiento y la correspondiente muerte-; generoso en carnes y cremas protectoras; no enano pero muy alejado del difícil consenso de la esbeltez; aconsejado en vestimenta y accesorios por algún mortal y despiadado enemigo. Un ser nacido entre cereales, los años buenos, y rastrojos los malos y abundantes. Imaginemos, crueldad benigna, una incomprensible determinación, un brillo mate, emanando de un rostro cuya armonía sigue a la espera de un acuerdo de mínimos.  Con un último esfuerzo, visualicemos a nuestro ejemplo encajado en sendos esquís y salpimentemos el plato con un gorrito embellecido con alegres cascabeles. Un empujón y el resto espero coincidan ver generoso y necesario dejarlo en el umbral del más inabarcable olvido.



viernes, 22 de agosto de 2014

Cinco jóvenes pollas



Son cinco, cada uno con su nombre, aunque en realidad eso nada explica y poco importa.  Son cinco en los gestos torpes de un patético coraje, algo parecido al que escupe al cielo y espera. Son cinco, la cifra resultante de una larga suma de violencias, los retales de innumerables sotanas con olor a macho cabrío, el primer premio extraído de un bombo en cuyo interior giran diez mil cojones y ninguna idea.

Ahí los tienen, siendo sin saberlo un resumen perfecto, una tesis bien escrita de historia contemporánea, deslizándose por la feria (zafia diversión, caspa de colores, olor a fritangas cuyos vapores envuelven un todo vale, sin duda un marco perfecto para cualquier ignominia…¿les recuerda algo?) en busca de una mujer en la que poder ejercer su parcelita de fuerza y poder.

Pero no vayan ustedes a inquietarse, ya verán como la tormenta queda en aguacero y sus cinco jóvenes pollas, eficaces portavoces de la Gran Polla Nacional, son explicadas y matizadas, casi excusadas, en algún que otro rinconcillo intelectual, ya verán como la bestia que todo lo engulle lo convierte pronto en debate de media tarde y chascarrillo. Al tiempo.

lunes, 18 de agosto de 2014

Te recuerdo siempre en la otra orilla



Te recuerdo siempre en la otra orilla, siendo lo que eras sin llegar nunca a serlo, borrando día a día la vida con tu goma incomprensible, dejando los recuerdos sin nada que recordar, siendo el lugar donde la inercia ni siquiera se mueve. Ni brisa ni hoja que se estremece con ella, sino apenas el espacio que ambas no ocupan y en el que sólo suceden las cosas que no suceden. 

Sigues, más que nunca, en la otra orilla, tal vez la única diferencia es que ahora ya no hay río.

sábado, 26 de julio de 2014

Gloria Fuertes



"Más siento yo que vosotros 
que mis versos hayan salido 
a su puta madre"

jueves, 17 de julio de 2014

La confesión (Taller Bremen)



Don Pedro, que nunca fue manco aunque tenía la costumbre de esconder la mano derecha en el bolsillo de la sotana,  sabía apreciar los tobillos de las mujeres, si estaban bien cincelados, y los buñuelos de bacalao de Doña Remedios, su peor vecina. No era el más vivaz ni el más alegre pero sí el mayor de nueve hermanos, a los que le gustaba mencionar por orden de altura. Si su hermana Pilar iba descalza él era el cuarto, si llevaba zapatos con un poco de tacón el quinto. Al morirse Juan Luis, que medía tres centímetros más que él, le quedó para siempre la duda si considerarlo, a partir de ese instante, más alto o más bajo. Su madre, siempre de luto sin que nadie en el pueblo supiese a ciencia cierta por quién lo llevaba, los parió a todos sobre un colchón de paja, el mismo sobre el que decidió morirse la noche en que a la Blanca, la mejor vaca lechera que nunca habían tenido, le dio por ponerse de parto. Don Pascual, el médico que atendía a todos los puebluchos de alrededor y al que las viejas despellejaban por el vicio de pedirles que se levantaran camisa y refajo para auscultarlas, ayudó al pobre animal y cerró los ojos de la mujer a cambio de una hogaza de pan y un par de gallinas. 

A partir de esa noche Don Pedro  empezó a visitar con regularidad el cementerio donde reposaban los restos de su madre. A ese entrañable desorden de huesos les explicaba, con todo detalle, lo que iba sucediendo en su mundo de cercanías así como las minucias de su cotidianidad sacerdotal. Incansable, demostrando una severa insensibilidad ante el ajeno descanso eterno, el hombre contaba y contaba lo suyo a las tibias, rótulas y peronés que, en evidente desuso, allí reposaban. Era de esperar que en el sepulcral vecindario se desatase un malestar óseo, una inquietud calcárea ante tamaño incordio. De bien seguro que alguno mal nacido y peor muerto de los que por allí se confundían pensó, de la manera en que lo hacen los que nada piensan, que tal vez se trataba de un preámbulo luciferino al futuro que se cernía sobre sus despojos; esos que en tenaz silencio, en ese no lugar aguardaban quién sabe qué. Según parece, algún ciprés se dejó secar.

Del cementerio a la mesa; de la mesa a la nada; de la nada a la sacristía. Así transcurrían los días de Don Pedro, que no recordaba cuando sintió la llamada de la fe, y no sólo eso, sino que ni siquiera estaba seguro de si llegó a sentirla o su vocación fue algo que sucedió por eliminación, es decir, que le llegó por descarte de todas las demás cosas que no quiso o no supo ser. Cuando alguien insistía en saber la verdadera razón por la cual se hizo sacerdote, él se escabullía argumentando que, al igual que los accidentes de aviación -ni decir tiene que jamás había volado- nunca hay un sólo motivo. Y es que para Don Pedro, que no era malo en la medida en que no hay nadie malo, pero que tampoco era bueno, en la medida en que sí hay gente buena, Dios era como la Guardia Civil del más allá, y a él, desde muy pequeño, le encantaba disfrazarse. Prueba de ello es que uno de sus secretos mejor guardado era la manía de usar bragas en lugar de calzoncillos. 

Costumbre que lo distanció mucho de Don Pascual desde el día en que, justo en el instante que levantaba el cáliz y pronunciaba el consabido "cuerpo de Cristo", le dio una lipotímia y el galeno lo tuvo que atender y desvestir.

Nada de todo esto sería digno de ser contado, nada merecería ese anexo fugaz del recuerdo, nada hubiese rescatado a Don Pedro del prematuro e inconmensurable olvido, ese que sobreviene cuando no hay nada que olvidar, de no ser porqué una tarde se vino Él a confesar.

No le busquen razones ni sentido, en realidad nada hay que lo tenga, pero Dios se arrodilló al otro lado de la rejilla del destartalado habitáculo y le dijo, al estupefacto párroco, que necesitaba el perdón a un gran pecado. Don Pedro, sin sangre en ningún lado para darle color, sólo atinó a balbucear ¿cuál?.  Dios le dijo: -padre, no creo en Mí.  

En el psiquiátrico de Mondragón el horario de visitas es de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, pero a Don Pedro eso le da igual. 








jueves, 10 de julio de 2014

Una tozudez que no cesa



La muerte es una tozudez que no cesa;
un enojo, un berrinche, 
el gran enfado de un niño 
castigado sin los postres del vivir.
Pero préstenle un poco más de atención,
no vaya a ser que tanta nada
nos suceda por apenas un descuido;
no vaya a ser que la solución 
no consista en hacerla llorar, 
sino en levantarle el castigo.