En Andorra, como en otros países donde hay montañas y costumbre, se practica el esquí. Propios y extraños se aplican en subir cuestas, a poder ser nevadas, de muy distintas formas y maneras para después bajarlas según criterio y determinación de cada uno. Hasta aquí la cuestión podría parecer sencilla, otra cosa muy distinta es que lo sea. Que un león dedique la tarde, y sus correspondientes esfuerzos, a cazar una cebra, no debería provocar excesiva controversia, aunque tal vez sí la genere en abundancia que un pingüino se empeñe en tal captura. De ahí nace la bendita risa y no descarto que algunas molestias y espantos. Intentaré ceñir un poco más la cintura de la cuestión y proponerles el ejemplo de un perfil frecuente: mamífero de mediana edad -es decir, si nadie le ve severo inconveniente situaré a nuestro ejemplo entre el nacimiento y la correspondiente muerte-; generoso en carnes y cremas protectoras; no enano pero muy alejado del difícil consenso de la esbeltez; aconsejado en vestimenta y accesorios por algún mortal y despiadado enemigo. Un ser nacido entre cereales, los años buenos, y rastrojos los malos y abundantes. Imaginemos, crueldad benigna, una incomprensible determinación, un brillo mate, emanando de un rostro cuya armonía sigue a la espera de un acuerdo de mínimos. Con un último esfuerzo, visualicemos a nuestro ejemplo encajado en sendos esquís y salpimentemos el plato con un gorrito embellecido con alegres cascabeles. Un empujón y el resto espero coincidan ver generoso y necesario dejarlo en el umbral del más inabarcable olvido.
domingo, 31 de agosto de 2014
viernes, 22 de agosto de 2014
Cinco jóvenes pollas
Son cinco, cada uno con su nombre, aunque en realidad eso nada explica y poco importa. Son cinco en los gestos torpes de un patético coraje, algo parecido al que escupe al cielo y espera. Son cinco, la cifra resultante de una larga suma de violencias, los retales de innumerables sotanas con olor a macho cabrío, el primer premio extraído de un bombo en cuyo interior giran diez mil cojones y ninguna idea.
Ahí los tienen, siendo sin saberlo un resumen perfecto, una tesis bien escrita de historia contemporánea, deslizándose por la feria (zafia diversión, caspa de colores, olor a fritangas cuyos vapores envuelven un todo vale, sin duda un marco perfecto para cualquier ignominia…¿les recuerda algo?) en busca de una mujer en la que poder ejercer su parcelita de fuerza y poder.
Pero no vayan ustedes a inquietarse, ya verán como la tormenta queda en aguacero y sus cinco jóvenes pollas, eficaces portavoces de la Gran Polla Nacional, son explicadas y matizadas, casi excusadas, en algún que otro rinconcillo intelectual, ya verán como la bestia que todo lo engulle lo convierte pronto en debate de media tarde y chascarrillo. Al tiempo.
lunes, 18 de agosto de 2014
Te recuerdo siempre en la otra orilla
Te recuerdo siempre en la otra orilla, siendo lo que eras sin llegar nunca a serlo, borrando día a día la vida con tu goma incomprensible, dejando los recuerdos sin nada que recordar, siendo el lugar donde la inercia ni siquiera se mueve. Ni brisa ni hoja que se estremece con ella, sino apenas el espacio que ambas no ocupan y en el que sólo suceden las cosas que no suceden.
Sigues, más que nunca, en la otra orilla, tal vez la única diferencia es que ahora ya no hay río.
sábado, 26 de julio de 2014
jueves, 17 de julio de 2014
La confesión (Taller Bremen)
Don Pedro, que nunca fue manco aunque tenía la costumbre de esconder la mano derecha en el bolsillo de la sotana, sabía apreciar los tobillos de las mujeres, si estaban bien cincelados, y los buñuelos de bacalao de Doña Remedios, su peor vecina. No era el más vivaz ni el más alegre pero sí el mayor de nueve hermanos, a los que le gustaba mencionar por orden de altura. Si su hermana Pilar iba descalza él era el cuarto, si llevaba zapatos con un poco de tacón el quinto. Al morirse Juan Luis, que medía tres centímetros más que él, le quedó para siempre la duda si considerarlo, a partir de ese instante, más alto o más bajo. Su madre, siempre de luto sin que nadie en el pueblo supiese a ciencia cierta por quién lo llevaba, los parió a todos sobre un colchón de paja, el mismo sobre el que decidió morirse la noche en que a la Blanca, la mejor vaca lechera que nunca habían tenido, le dio por ponerse de parto. Don Pascual, el médico que atendía a todos los puebluchos de alrededor y al que las viejas despellejaban por el vicio de pedirles que se levantaran camisa y refajo para auscultarlas, ayudó al pobre animal y cerró los ojos de la mujer a cambio de una hogaza de pan y un par de gallinas.
A partir de esa noche Don Pedro empezó a visitar con regularidad el cementerio donde reposaban los restos de su madre. A ese entrañable desorden de huesos les explicaba, con todo detalle, lo que iba sucediendo en su mundo de cercanías así como las minucias de su cotidianidad sacerdotal. Incansable, demostrando una severa insensibilidad ante el ajeno descanso eterno, el hombre contaba y contaba lo suyo a las tibias, rótulas y peronés que, en evidente desuso, allí reposaban. Era de esperar que en el sepulcral vecindario se desatase un malestar óseo, una inquietud calcárea ante tamaño incordio. De bien seguro que alguno mal nacido y peor muerto de los que por allí se confundían pensó, de la manera en que lo hacen los que nada piensan, que tal vez se trataba de un preámbulo luciferino al futuro que se cernía sobre sus despojos; esos que en tenaz silencio, en ese no lugar aguardaban quién sabe qué. Según parece, algún ciprés se dejó secar.
Del cementerio a la mesa; de la mesa a la nada; de la nada a la sacristía. Así transcurrían los días de Don Pedro, que no recordaba cuando sintió la llamada de la fe, y no sólo eso, sino que ni siquiera estaba seguro de si llegó a sentirla o su vocación fue algo que sucedió por eliminación, es decir, que le llegó por descarte de todas las demás cosas que no quiso o no supo ser. Cuando alguien insistía en saber la verdadera razón por la cual se hizo sacerdote, él se escabullía argumentando que, al igual que los accidentes de aviación -ni decir tiene que jamás había volado- nunca hay un sólo motivo. Y es que para Don Pedro, que no era malo en la medida en que no hay nadie malo, pero que tampoco era bueno, en la medida en que sí hay gente buena, Dios era como la Guardia Civil del más allá, y a él, desde muy pequeño, le encantaba disfrazarse. Prueba de ello es que uno de sus secretos mejor guardado era la manía de usar bragas en lugar de calzoncillos.
Costumbre que lo distanció mucho de Don Pascual desde el día en que, justo en el instante que levantaba el cáliz y pronunciaba el consabido "cuerpo de Cristo", le dio una lipotímia y el galeno lo tuvo que atender y desvestir.
Nada de todo esto sería digno de ser contado, nada merecería ese anexo fugaz del recuerdo, nada hubiese rescatado a Don Pedro del prematuro e inconmensurable olvido, ese que sobreviene cuando no hay nada que olvidar, de no ser porqué una tarde se vino Él a confesar.
No le busquen razones ni sentido, en realidad nada hay que lo tenga, pero Dios se arrodilló al otro lado de la rejilla del destartalado habitáculo y le dijo, al estupefacto párroco, que necesitaba el perdón a un gran pecado. Don Pedro, sin sangre en ningún lado para darle color, sólo atinó a balbucear ¿cuál?. Dios le dijo: -padre, no creo en Mí.
En el psiquiátrico de Mondragón el horario de visitas es de las nueve de la mañana a las cinco de la tarde, pero a Don Pedro eso le da igual.
jueves, 10 de julio de 2014
Una tozudez que no cesa
La muerte es una tozudez que no cesa;
un enojo, un berrinche,
el gran enfado de un niño
castigado sin los postres del vivir.
Pero préstenle un poco más de atención,
no vaya a ser que tanta nada
nos suceda por apenas un descuido;
no vaya a ser que la solución
no consista en hacerla llorar,
sino en levantarle el castigo.
sábado, 28 de junio de 2014
Un tomate en el A.V.E. (Taller Bremen)
Allí estaba el tomate, tenaz en lo suyo, estableciendo un centro a partir del cual se iba acomodando el universo; y allí estaban ellos, inquietos sin saber aún el motivo, creyendo asistir a un curso de cocina; y es que diez minutos pueden parecer una eternidad cuando nadie dice nada, pero de buena gana hubiesen continuado así un poco más antes de tener que escuchar del innombrable, y a modo de bienvenida, lo siguiente:
- Dejen de mirar el tomate, hagan ustedes el puto favor de intentar ser este tomate, o si lo prefieren, de follarse este precioso tomate.
Dos hombres muy parecidos, casi indistintos, una mujer y tres señoras quisieron irse y se fueron. Enseguida se escucharon murmullos y algún portazo. Las palabras increíble y vergüenza se entendieron, las otras no. De los que decidieron no levantarse, sólo los que habían viajado más sonreían aunque, a decir verdad, nadie conseguía sentirse cómodo en esas sillas ya de por si angulosas y antipáticas. Algunos carraspeos y un "yesterday", rápidamente silenciado, que emergió del fondo de ese malestar, no mejoraron para nada la situación.
Cuando todo parecía venirse abajo, un hombre parco en carnes, pelirrojo, tasador de inmuebles y separado de su segunda mujer, preguntó sin previo aviso:
- ¿Nos podría explicar como se hace un buen sofrito?
La respuesta de quien ya saben cruzó la sala en perpendicular, no sin antes esquivar de forma ágil y no exenta de gracia una columna, hasta clavarse como cuchillo jamonero enloquecido en el entrecejo del esmirriado périto.
- Lo primero que hay que hacer para conseguir un buen sofrito es morirse, y así, en el improbable caso de una resurrección, intentar no nacer de nuevo idiota.
Esta vez fueron cuatro señoras, dos mujeres, un hombre y un nacionalista que debido a las complicaciones provocadas por una fallida operación de próstata no conseguía recordar a que país quería pertenecer, los que se levantaron. Una de las señoras, sin duda la más teñida, al maniobrar de forma precipitada entre las sillas se enganchó una media. Era de esas caras, de seda, con una costurita detrás. En el vecindario se rumoreaba que las compró para coquetear con el vecino del segundo B, pero al pobre lo desahuciaron hace un par de meses y ahora se las ponía sin saber para qué. En la sala, el mierda pronunciado por la señora y el disculpe pronunciado por el pelirrojo coincidieron en la misma esquina/espacio/ tiempo, creando alguna confusión sobre quién dijo qué y a quien.
Es normal que los que quedaban, menos de la mitad de los que, previo pago de los trescientos euros, se habían inscrito al curso, se miraran de reojo no tanto por ver lo que hacían los otros, sino más bien por ver lo que decidían no hacer.
Sin apenas darles respiro, quien ya se pueden imaginar sacó una cesta de tomates de la misma variedad del que estaba situado justo en el epicentro del Universo y en un tono de voz neutro, sin inflexiones, les dijo:
-Ahora harán ustedes el favor de desnudarse; en el armario del fondo pueden dejar colgada la ropa.
La verdad, no sabría precisar con exactitud cuantas mujeres ni cuantas señoras se fueron, pero sin duda lo hicieron casi todas las que quedaban. Por el contrario, ningún hombre se movió de su silla, aunque sí lo hicieron dos concejales, uno de urbanismo y otro de cultura, un dentista y un escritor al que le faltaba un ojo debido a un accidente que había padecido en la pasada edición de la Feria del Libro.
Según contaba con desparpajo a todos los que querían oírle, la desgracia le sobrevino justo en el instante en que procedía a firmar una dedicatoria en la contra portada de su primer libro a una hermosa mujer. Todo fue preguntarle, con una lentitud que merodeaba el deseo, cómo te llamas, y liberarse el muelle del bolígrafo con tan mala fortuna que le incrustó en la zona de diez puntos del ojo izquierdo el capuchón. Alegre por naturaleza, insistía en que las únicas secuelas que le han quedado son, en lo político un leve escoramiento a la derecha, y en lo artístico el hecho de que ahora sólo le apetezca escribir haikús y recetas de cocina rápida.
Pero volvamos a lo que no nos incumbe. Cinco personas desnudas, a saber: tres mujeres, ninguna señora, un hombre con el pelo recogido en una coleta y el pelirrojo flaco, andaban ya metidos en una nueva consigna:
- Cojan ustedes un tomate cada uno, córtenlo por la mitad y úntense los unos a los otros.
Con gran determinación, una de las mujeres procedió a rozarle el pezón de la que tenía a su derecha con su medio tomate, mientras esta la correspondía deslizando el suyo por la curvatura de su hombro. A la tercera mujer, con un medio tomate en cada mano y sin que nadie se acercara a ella ni para untarla ni para nada, le dio por llorar y por correr. Sólo al abrir la puerta del taxi se percató de que iba desnuda.
Faltaban pocos minutos para las ocho, hora en que finalizaban los sesenta que duraba la clase, cuando el que ya se imaginan hizo aparecer el aceite y la sal. En ese momento las dos mujeres ya se daban la mano y el de la coleta le untaba al incandescente y descarnado pelirrojo los alrededores de una nada despreciable erección.
-Para terminar, les dijo esbozando su primera sonrisa, échense aceite, ni mucho ni poco, sólo lo suficiente, y un poco de sal evitando, si es posible, las zonas blandas. Como habrán podido constatar, el objetivo de la clase de hoy era profundizar en la génesis del pan con tomate; el próximo jueves, a la misma hora, les explicaré, con las prácticas necesarias para facilitar el aprendizaje, todo lo relativo a la mística del jamón.
Las duchas las tienen ustedes en el pasillo, saliendo a la derecha.
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