Este otoño voy a ver si soy capaz de aprender a llover, si consigo convertirme en lluvia y olvidarme de que estoy lloviendo. De lograrlo, limpio ya de opiniones, desrazonado del todo, repiquetearé en mi ventana hasta que consiga llamar mi atención.
Construyen para sepultar, con la siempre renovada avidez de los hueros unidireccionales, cualquier vestigio de esa ternura con que las cosas se dejan pasar. Ellos, los ávidos, dictando e imponiendo por doquier su brillante oscuridad. Grotescos forenses de la emoción levantando cadáveres de piedra y olvido.
Hay escritores que cuando mueren empeoran rápidamente -incluso los hay que lo hacen algunos días antes de indisponerse- y los hay que dicha contrariedad ni siquiera los despeina y siguen, como el que no quiere la cosa, escribiendo cada día mejor.
Yo, como padezco de una cierta inseguridad en lo referente a mis capacidades, de momento procuraré mantenerme vivo.
"Sigue a los navíos. Sigue las rutas que surcan las gastadas y tristes embarcaciones. No te detengas. Evita hasta el más humilde fondeadero. Remonta los ríos. Desciende por los ríos. Confúndete en las lluvias que inundan las sabanas. Niega toda orilla."