domingo, 28 de junio de 2020

Su innumerable Quién (Taller Bremen)



Tanto ser diverso (tantos dioses y demonios / este más vivo que aquél) es un hombre / (tan fácilmente uno se esconde en otro; / y no obstante, cada uno, siendo todos, no se escapa de ninguno) / tumulto tan vasto es el deseo más simple: / tan despiadada mor- tandad la esperanza / más inocente (tan profundo es el espíritu del cuerpo, / tan lúcido eso que la vigilia llama sueño) / tan solitario y tan nunca el hombre solo / su más breve latido dura un año terrestre / sus más largos años el latido de un sol; su más leve quietud lo lleva hasta la estrella más joven. / ¿Cómo podría ese que tanto se llama a sí mismo Yo / atreverse a comprender su innumerable Quién? 


-Edward Estlin Cummings- 


  Astutas, sin duda, las verdades suelen ser invenciones que han hecho todo lo posible para no acordarse, ni ellas ni nadie, que lo son. Es por ello que esta historia no puede ser verdad, aunque lo que en ella se cuenta sucediera en el centro penitenciario de Lladoners entre Joan Balcells, independentista catalán condenado a siete años por sedición, y Pedro González, condenado a muchos más por diversos atracos a mano armada. 


  La mañana del doce de abril, un par de semanas después de que Joan ingresara en prisión, la lluvia impidió la habitual salida al patio y también quiso estar al corriente de la primera mirada entre ambos, revestida de recelos, curiosidad y burla. Esa mañana, hurgándose un poco en algo que andaba a medio camino de la tristeza y el orgullo, Joan miraba por la ventana mientras se olía en las manos la misma colonia -tal vez excesivamente cara para alguien que acumulaba diversas inquietudes sociales- que hace pocos meses esparcía entre las bancadas de la oposición en las interminables sesiones del Parlament Català. Acababa de cumplir cincuenta y dos años y el pelo de que disponía en la cabeza era ya apenas un escaso y vago recuerdo de lo que había sido una juventud que osciló entre las manifestaciones y los escarceos políticos y el piso amplio y soleado que, a dos pasos del Passeig de Gracia, años después heredó de sus padres. 
  En lo que se refiere a Pedro, lo cierto es que nunca supo con exactitud la edad que tenía. Según lo que decía su madre, que murió de un resfriado mal curado hacía ya más de veinte años, ahora debería de tener cuarenta y siete, pero en todas las fichas policiales constaba que tenía cuarenta y nueve. El insistía que tenía más de cincuenta, aunque es probable que solo lo dijera para intentar acortar la pena que le quedaba por cumplir. De padres emigrados de un pueblecito tan nada que ni siquiera permitía el recuerdo -un lugar como tantos otros del que hasta los piojos procuraron marcharse-, era el mayor de tres hermanos, aunque solía decir que desde hacía mucho tiempo era el mayor, el menor y el mediano de tres hermanos, dado que a los otros dos la heroína les había dado un excesivo anticipo en lo que a la cifra total del olvido se refiere. 
  Generaría un fácil consenso afirmar que Pedro nunca fue guapo, aunque siempre gustó a las mujeres; hombre contradictorio, sin duda, si se tiene en cuenta que tampoco nadie le había visto sostener un libro entre sus manos y a pesar de ello siempre sabía qué decir. 
  Con esos dos guiones tan dispares, con esas dos biografías casi irreconciliables, sería una enorme decepción -también una vulgaridad-, que hubiese sido cualquiera de las infinitas perspectivas del amor a lo que esa primera mirada diera comienzo, pero si que fue el inicio de una desazón del todo irrazonable. No empezaron a desearse el uno al otro, cosa que suele suceder con frecuencia en las cárceles y también en las colas para pagar de los supermercados, sino que, algo más infrecuente, a partir de esa mañana lluviosa ambos quisieron de dejar de ser lo que eran para ser el otro. Aunque les pueda parecer inverosímil, desde ese instante Joan quiso ser Pedro y Pedro se propuso ser Joan. 
  Poco a poco empezó uno a frecuentar la pésima biblioteca de la prisión para leer -huelga decir que apenas sin entender nada- todo lo que caía en sus manos, mientras el otro se ejercitaba en el aguantarle la mirada a los más inquietos, cosa que le permitió ingresar siete veces en la enfermería con la cara mejor o peor partida. Todo les interesaba del otro, pero no por amis- tad o cariño, sino para fagocitarse, para apropiarse de una vida completamente distinta a la suya, esa que ambos habían decidido contradecir. 
  Una forma como cualquier otra de rebelarse contra el destino que los había llevado a interpretar un solo papel; tal vez la forma de aliviar la mala conciencia de haber sido siempre el mismo, la insoportable sensación de no haber sido otro distinto; en el fondo un contundente desacato a ese carcelero que desde niños se acostó todas las noches con ellos. 
  Firmemente aislados por un círculo de desconcierto, tal vez protegidos por el atávico y vago respeto que la sospecha de la locura provoca, lo cierto es que a nadie se le ocurría merodear por lo que estaba pasando. Sus largas conversaciones, sus interminables y circulares paseos por el patio de la prisión no parecían importar a nadie. 
  Con absoluta atención escuchaba Pedro como los fascistas fusilaron a Lluis Companys en el Fossar de Las Moreras de Monjuich; con idéntico interés Jordi atendía los detalles de cómo se ha de hacer correctamente el mantenimiento de una pistola automática de 9mm. Si uno se esforzaba en entender las diferencias básicas entre una república y una dictadura, el otro tomaba notas precipitadas de como suelen ser las medidas de seguridad de una oficina bancaria. Si al principio Pedro dejaba perplejo a los guardias dándoles los buenos días, aún más confusos les dejaba ver como Joan acumulaba castigos por todo tipo de desacatos y altercados. 
  Lo que les deparó ese despropósito no podía ser muy distinto de lo que suele ser habitual cuando creemos haber logrado configurar cualquier futuro: un total descalabro. 
  Joan, en su primer permiso, intentó atracar la sucursal de La Caixa ubicada en la calle Mallorca, pero sin querer lo hizo en catalán, cosa que no solo le restó casi toda la credibilidad (intenten ustedes decir: “mans enlaire, això és un atracament, que ningú es mogui o li esbotifarro el cap d’un tret” i verán lo difícil que és mantener un mínimo de seriedad), sino que facilitó de inmediato que uno de los cajeros le reconociera e incluso que llegara a musitar, muy flojito, un “Visca la República”. Un par de horas más tarde -eso fue exactamente lo que le duró su vida de delincuente en libertad- fue detenido. En lo que se refiere a Pedro, consiguió una importante reducción de pena por buena conducta y bien poco le faltó para sacarse la carrera de abogado por la Universidad a Distancia. Desgraciadamente, cuando le faltaba solo un curso para licenciarse, lo atropelló mortalmente un sueco con un patinete precisamente en la calle Mallorca, esquina con la calle Girona.  Por lo demás, es natural que los amigos y la familia de Joan poco a poco dejaran de visitarlo -los de Pedro no fue necesario, primero porque no tenía y segundo porque estaba muerto-. 

jueves, 14 de mayo de 2020

Lo tenía todo, absolutamente todo (Taller Bremen)



  Lo tenía todo, créanme, absolutamente todo. 

  Fue la grosera lluvia de una tarde de abril la que quiso sentarnos en dos mesas contiguas de un bar sin épica de lo que antes fue un barrio, la Barceloneta, y ahora ya nadie sabe exactamente qué es. Tal vez no es del todo cierto si les digo que nunca podré olvidar sus ojos, tan azules  que parecían estar al corriente de algunas cosas del mar -para que se me perdone ese tal vez les diré que con cada parpadeo parecía romper una ola y que esa tarde, al salir del bar, el sol los buscaba para ponerse tranquilamente en ellos.

  Muy pronto supe de su risa, que a pesar de que siempre andaba un poco a destiempo, como al que de pronto le duele el pisotón que le han dado en el metro hace tres días,  era lo más parecido a destapar el teclado de un hermoso piano de cola. Los dientes de arriba cómplices con los de abajo, blancos como pequeñas paredes recién encaladas; ni grandes como los de un castor enflaquecido, ni pequeños como los de un ratón sobrealimentado.  

  También era evidente , para todo el que quisiera fijarse, que su belleza paseaba de la mano con una inteligencia digamos del tipo "puzzle tercer nivel" (como es sabido, el primero, el más común entre la clase política, consiste en saber abrir la caja; el segundo ya permite agrupar las piezas, lo que se diría cohesionar y relacionar con agilidad cualquier caos, y el tercero, muy poco habitual excepto en algunos talleres literarios, suele ser el responsable de propiciar razonamientos y decisiones deslumbrantes).

  Pues bien, como les decía, ya desde muy pequeña, según pude constatar al enseñarme algunas fotografías, esquivó con acierto cualquier desarmonía, y todo gracias a una genética cómplice que le permitió ubicar cada cosa en su sitio e incluso cada sitio en su cosa. Recuerdo que me dijo -y yo la creí- que en el colegio de las Madres Escolapias donde fue niña, rubia y con trenzas durante al tiempo habitual, anduvo siempre oscilando entre la segunda y la tercera más lista de la clase, desistiendo de cualquier otra ambición por pura prudencia al constatar las distintas fealdades que solían encarnizarse con las primeras. 

  Entenderán que con todos esos atributos, a lo que habría que añadir la incomprensible decisión de gustarle yo, empezamos a salir de la forma en que lo hacen casi todas parejas que empiezan a salir. Es decir, exigiéndoles a las mañanas que fuesen más hermosas, obligando a las noches a no desfallecer, forzando a los camareros a un plus de alegría, fatigando a las rutinas para convertirlas en genialidades, en fin, quemando con rapidez las distintas etapas que los deslumbramientos exigen.

  Ni que decir tiene que en la cama, como en el despacho de abogados donde ejercía, también lo hacía todo bien (hasta mi espejo recuerda cómo se pintaba los labios, primero uno y después el otro, nunca los dos a la vez). Es decir, resolvía los distintos conflictos y situaciones que se planteaban entre sábanas con agilidad y rapidez, aunque a decir verdad siempre follábamos con un leve regusto a expediente abierto, a caso activo, a eficaz análisis de pruebas y alegaciones. Un juicio más o menos rápido del que, a pesar de salir siempre absuelto, hacía que abandonaras la sala sabiendo que ese amor, de alguna u otra manera, estaba condenado. 

  Es por ello que no tardó mucho el tiempo en quitarnos la razón que nunca tuvimos, en deshacer el juego de posibles, en dejarnos de nuevo en punto muerto. Ha sido mucha la soledad necesaria para llegar a entender que, a pesar de tenerlo todo, absolutamente todo, a esa mujer le faltaba algo, y ese algo, ahora lo sé, era el swing.












jueves, 30 de abril de 2020

Quiso el azar darle una obsesión (Taller Bremen)



  Pudo ser una tarde, importa poco que fuera de abril. La ventana nombraba una a una todas las cosas que exige un nogal y este, condescendiente, no le ponía reparos al canto de distintos pájaros invisibles.

  El hombre, uno cualquiera de los que hasta ese instante engrosaban la cifra de los cuerdos, es decir, de los que gestionan y comparten locuras parecidas, perdió pie cuando de pronto quiso escuchar el silencio. Aún no lo sabía, pero por alguna extraña y desganada maldad quiso el azar darle una obsesión, es decir, un destino.

  Es probable que algunos ociosos quieran saber el motivo, incluso pueden ser diversos los que consideren inevitable tener una opinión al respecto (es conocido el hecho de que una de las severas molestias de tener una opinión es que posibilita la contraria;  las calles certifican esa obviedad, desbordándose a diario de gente que tiene razón, cosa que a los más cansados suele provocarles agudas añoranzas de paraísos irrazonables).

  Por no ignorarlos, les diré que ese hombre no fue un niño alegre, aunque más preciso sería  decir que apenas fue un niño y que, a decir verdad,  tampoco fue alegre -cabría incluso dudar sobre si en realidad fue un hombre-, Pero eso, siendo común, nada explica. 

  Tampoco indagar en sus caóticas lecturas en busca de alguna explicación serviría para nada, en realidad sería como intentar torcer una esquina infinita, una esquina que se torciera una y otra vez sin que diésemos a calle alguna. Un absurdo que fatigaría todas nuestras noches. Siendo muchos los libros por los que transitó, ninguno quiso permitirle aquietar un pensamiento el tiempo suficiente para que pudiera fructificar. Leía como el recluso que recorre una y otra vez el pequeño patio de la prisión, algo que a nadie se le ocurriría definir como una forma de viajar. Solo el hecho de que su desvarío fuera del todo incomprensible puede acercarlo a cualquier suceder, tal vez no haciéndolo inteligible pero si vulgar.

  Más fácil les será aceptar que para ese hombre su suerte estaba echada.  A partir de esa tarde escuchó las hormigas y el estruendoso batir de alas de las mariposas;  también, en los cauces secos de los ríos,  pudo oír el agua que algún día en ellos se precipitó; escuchó con claridad el rozar de las estrellas en la fina tela de la noche e incluso el parpadeo de la mujer que tal vez torcía una esquina lejana. Perfeccionando su infortunio, socavando su abismo, profundizando en su desgracia, pudo escuchar las palabras que aun no habían sido pronunciadas, las conversaciones improbables, los futuros rumores y el crujir de las hojas de los diarios que aun no habían sido impresos.

  A nada le apetece perpetuarse; es obvio que nadie puede ser para siempre, único argumento irrefutable de alguna extraña bondad divina. Esa noche, que quiso ser una cualquiera y la última, al portazo insoportable de un latido le precedió, por fin, el ansiado silencio que buscaba. O eso es lo que nos conviene creer, lo que le desearíamos a cualquiera, pero lo cierto es que nadie sabe que oyen los muertos, nadie puede saber si no será la muerte la escucha infinita de un único, monótono e inconcebible sonido. Una sola nota que insiste en desmentir el consenso sobre el tenaz silencio de la nada.





domingo, 19 de enero de 2020

Duelo en la calle San José (Taller Bremen)



Para mi amigo Luijo, (pistolero de tan legendaria rapidez desefundando que le permite batirse en duelo consigo mismo), por la idea.

  El tiempo aguardaba, sobre las mesas y haciendo compañía al polvo y a la mugre habitual, a que las pistolas le dieran la orden de transcurrir de nuevo. El reflejo de la culata del Colt 45 tal vez fue lo último que la vida quiso enseñarle al pobre diablo que, con las piernas un poco separadas y sin apenas futuro en la mirada, le gritaba a John Wesley que se levantará si era un hombre. John, casi indiferente y aun con las cartas del desacuerdo en la mano, movía muy despacio los labios, como indicándole a la bala que aguardaba en la recámara que, un poco antes de matarlo, le hiciera saber a ese hombre que ya estaba muerto. Casi al unísono se escuchó el disparo, la bala del calibre cuarenta y cinco cumplió solícita el encargo y el hombre, con los ojos muy abiertos,  se dio por informado y cayo de lado, como buscando alguna explicación y consuelo en el suelo de la cantina.
  Todo eso se llevó sin saberlo el ladrón de ese banco en el que, anclado en el aire frío del parque como un barco que se hubiera olvidado de cómo navegar, alguien trazaba destinos de soledad, olvido y revolver. 
  Esparcido sobre la cama, en un cuartucho que se asoma sin ganas a la calle San José, en el gaditano barrio de El Mentidero, está el magro botín. Un cajetilla de tabaco, caramelos para la tos sin azúcar, un Mobil al que ningún mercadillo consentiría darle acogida y una libreta con las tapas negras en la que, de alguna manera, John Wesley aguarda, ahora ya de pie y en silencio, a que alguien decida si los cuatro hombres que aun quedan en la cantina aguantándole la mirada se avienen a vivir como cobardes o, como el pobre diablo que aun con los ojos muy abiertos yace entre las sillas, deciden aventurarse entre las cosas normales de la muerte y de los muertos.
  Tal vez en la calle alguien discutía, o tal vez eran los ruidos que la noche hace cuando se arrebuja en Cadiz, pero sin duda fue entre esa duda y la luz cansada de las primeras farolas que, obedeciendo a un extraño impulso, al ladronzuelo le dio por leer la libreta en la que aun se podía oler la pólvora del disparo. Con su caligrafía hebria, dando tumbos entre los callejones en los que iba depositando las palabras, y sin que él ni nadie que se lo propusiera pudiera explicar el porqué, tumbado en el viejo catre del cuartucho que se asoma sin ganas a la calle San José, escribió el modesto bandido de parques y jardines hasta que el amanecer le impuso el sueño.
  Según dejó escrito tres fueron los que salieron a la calle sucios de burlas y miedo, y solo uno apuró el baso de whisky y aun le quedó tiempo para el insulto, para notar el regusto de sangre en la boca y para afearle a la cantina que perdiera tan súbitamente las luces y las formas. Luego John Wesley buscó despacio a la calle, subió a su caballo y sin alejarse demasiado de la culata de su revolver salió del pueblo rumbo a ese destino que aguarda a los que desenfundan rápido y saben que la soledad tiene los ojos verdes y hermosos; ese destino que se adhiere a los que nunca les importó el destino.
  No fue ninguna sorpresa que forzaran la puerta del cuartucho que empobrece las tardes de la calle San José y que otro rufian de medio pelo se llevara lo que nadie iba a reclamar: algunas latas de cerveza, unas botas que nunca fueron nuevas, una navaja sin sangre que contar y una libreta con las tapas negras en la que ya nadie escribió cómo fue el engaño, ni la noche, ni el destello cobarde que buscó por la espalda el corazón de John Wesley para decirle que se diera ya por leyenda y también por muerto.





jueves, 19 de diciembre de 2019

Esto no es un cuento, y a lo mejor tampoco es Navidad (Taller Bremen)





  La semana que viene es mi cumpleaños. Lleva toda la tarde lloviendo. Mi maestra, que lleva unas gafas muy grandes y un día en un rincón del pasillo la vi llorar, nos ha dicho que escribamos un cuento de Navidad. Mi papá se llama José pero no es carpintero y mi mamá no se llama Maria y no se si es virgen, porque no se muy bien cómo son las vírgenes, aunque yo creo que no lo es. Mi mamá no lleva gafas como mi maestra, pero si que la he visto llorar muchas veces en el pasillo, en la habitación, en la cocina y en casi todos los rincones de la casa. De momento esto no parece un cuento, pero voy a ver si lo puedo arreglar. 
  Érase una vez tres reyes muy pobres que habían nacido en un portal. No los tres a la vez, claro, sino uno primero, otro al cabo de un rato y el otro después. Pasaron algunos años y al ver que nadie les traía ni oro, ni incienso, ni mirra, ni nada de nada, los tres se tuvieron que poner a trabajar. Uno empezó de camarero como mi papá; el otro de repartidor de pizzas, como los que algunos viernes, cuando mi mamá está muy cansada y no tiene ganas de cocinar, viene a casa a traernos una de cuatro quesos y una de piña con jamón dulce -luego, en la mesa, casi nunca sabemos de qué hablar y por eso se nos escuchan a los tres los ruidos que hacemos al masticar, aunque, eso si, solo me riñen a mí-. Casi me olvidaba del tercer rey. Ese, como no quería ni sabía hacer nada, se puso a mandar, primero en el pueblo pero después, poco a poco, parece ser que llegó a mandar a mucha gente en no sé qué lugar. Esto sigue sin parecer un cuento y eso que la semana que viene es mi cumpleaños y que lleva toda la tarde lloviendo sin parar.
  En fin, que pasaron los días, y los meses, y los años y a Dios se le olvidó de enviar a Jesús, su hijo, para explicar a los hombres qué tenían que hacer para poder salvarse y por eso el pobre Gaspar, que así se llamaba el primer rey, se acabó muriendo de lo mismo que mi tío Francisco, es decir, de beberse todo lo que los clientes se dejaban en las botellas y sin tener ni la más mínima idea de por donde se iba al cielo; al pobre Melchor, el repartidor de pizzas, lo atropelló un taxi cuando iba a llevar a un piso de Malasaña unas alitas de pollo y una cuatro estaciones y a partir de ese día se pasaba todo el tiempo hablando con las palomas en una plaza y sin saber qué son ni para qué sirven los ángeles y los paraísos. Al que le fue mejor fue al pobre Baltasar, que se creio que siempre mandaría y que por eso nunca nada malo le iba a suceder, pero lo cierto es que a ninguno de los tres, al morirse, les espero nada ni nadie, ni supieron por donde se iba a ese lugar al que la gente mayor llama eternidad. Le verdad, no estoy muy seguro que a mi maestra, que lleva unas gafas muy grandes y que un día en un rincón del pasillo la vi llorar, este cuento le vaya a gustar. Tampoco estoy muy seguro de cómo han de ser los cuentos de Navidad escritos por una niña, y ni siquiera tengo muy claro donde empieza y acaba una niña. ¿Me daré cuenta la mañana que, al levantarme, ya no lo sea? ¿Se darán cuenta mis amigas que ya no lo soy? ¿Qué haran mi padre y mi madre cuando hagamos ruido al comernos las pizzas y yo ya sea mayor, como ellos? ¿Cómo serán a partir de ese día mis cuentos de Navidad? 

  La semana que viene es mi cumpleaños. Lleva toda la tarde lloviendo. Definitivamente esto no es un cuento y, por si fuera poco, no se porqué pero me estan dando ganas de llorar.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Si yo me contara -17-



-46-
Señalar un punto de eternidad; quitarle, por un instante, la razón al tiempo; afearle a Dios su exceso de fugacidad; también un breve, y a veces hermoso, acto de desobediencia ante el poderoso ejército del olvido. Hablo de la fotografía.
-47-
¿Quién a dicho que un sentimiento no se puede asfaltar; que no se puede pasear por la tristeza; que no puede uno alojarse un par de noches en la nostalgia o sentarse tranquilamente a contemplar el olvido? Hablo de Lisboa.
-48-
Haciendo cola en el comedor de empleados del aeropuerto del Prat me da por dudar de algunas certezas que en realidad nunca tuve. De ese fugaz desconcierto me saca un policia nacional que aguarda su turno delante mío. ¿Qué es "galta de porc al forn"? me pregunta . Le digo que "galta" es carrillo, "porc" puerco y "forn" horno, por lo que una traducción medianamente aceptable sería: carrillera de cerdo al horno. Me sonríe y me da las gracias; le sonrío y le digo que de nada. Lleva un montón de cosas colgadas en el cinturón: pistola, porra, guantes, linterna, esposas, radio transmisor; yo también llevo cinturón, pero de él solo cuelga una modesta bolsita en la que llevo la cartera y el móvil. Configuro, en silencio, una estúpida hipótesis: los complementos hacen al hombre. También me da por pensar que tal vez el portador de esa sonrisa hace unos días anduvo por esos mundos de dios trabajando a destajo (me pregunto si en las horas extras se golpea el doble). Al llegar a los postres coge una crema y se me queda mirando. Le digo que es crema catalana y teniendo en cuenta mi edad y mi complexión física -delgado y de musculación precaria-, me apresuro a matizar, flojito: "soberanista". Está a punto de volver a sonreír, pero en el último momento decide dejar la crema y coger un plátano.  

lunes, 12 de agosto de 2019

Si yo me contara -16-




-43-
Inquietarse por la posibilidad de no ser feliz, esa era su peculiar forma de infelicidad.
-44-
Me ha dicho el cardiólogo que padezco de microamores. Las últimas pruebas realizadas han confirmado que, con una sola mirada, algunos fugaces amores eternos pueden llegar a cronificarse en mi díscolo corazón.
-45-
Las ofensas y los desacuerdos que escenifican, sus miserias y sus disputas, distraen y confunden, cuando no masacran,  a los innumerables translúcidos, esos que nacen para padecer la historia. Detectar, señalar, desobedecer, denunciar a todos esos soberbios que se sientan en el poder con idéntica actitud y propósito que en la taza del water, es sinónimo de dignidad.