martes, 12 de marzo de 2024

Los dioses sabrán el motivo (Taller Bremen)


  Es vana, y de alguna forma deplorable, la tarea de inquirir el por qué los dioses nos castigan con tanto acierto y perseverancia. Tal vez algunos ociosos (esos que disponen de casi todas las tardes -y no pocas mañanas- para iluminar los entresijos de este mundo que azotamos desde hace milenios) hayan llegado a la conclusión de que son esas infinitas horas que no cesan, ese tedio inconcebible de lo que siempre ha sido y será lo mismo, ese lunes eterno, lo que lleva a esos divinos seres a infligirnos todo tipo de penalidades.


  Cabe pensar que otros, para aliviarse un poco de lo que no saben ni sabrán, dirán que el motivo de esos recurrentes castigos no es ese, sino  que los dioses están de nosotros hasta sus metafóricos cojones. Estos argumentarán -no sin cierta lógica-, que miles de años de estupidez severa, de una recurrente maldad -la nuestra-, pueden socavar la paciencia de cualquier padre, por muy divino que este sea.


  Ni que decir tiene que, estas especulaciones y cualquier otra que se les quiera añadir, son poca cosa más que entretenimientos, minuciosas orfebrerías con las que nuestra ignorancia se solaza.


  De todas formas, no es el propósito de este apresurado e insustancial escrito el indagar en lo que nunca nos será dado conocer, sino más bien relatar algunos casos, perfectamente documentados, en los que las penas infligidas fueron inusualmente generosas en creatividad y horrores. No se trata aquí de los vulgares sucesos que nos suelen acaecer; esas desgracias que, por comunes, nos debería avergonzar quejarnos al padecerlas; sino de esos castigos inauditos, refinados; esos padecimientos digamos que con un “plus” de excelencia en lo que a su divino diseño se refiere.


  Sin más preámbulos, paso a esbozarles algunos que, por su extrema crueldad, recuerdo que me llenaron de inquietud y desasosiego.


  A mediados del siglo XVI, sor Teresa de Maderuelo andaba metida   -como tanta otras- en estricto celibato en el pequeño Monasterio de San José. Según se refleja en algunas crónicas, era menuda y sencilla, con una de esas bellezas serenas que la hacía destacar entre la general fealdad circundante. La terrible pena que le sobrevino no fue otra que siete embarazos -casi consecutivos- del mismísimo Espíritu Santo, dada la evidente ausencia de hombres en aquella humilde y santa casa.  Cuatro niños y tres niñas, todos ellos muy parecidos (nariz prominente y orejas de soplillo), hecho que permitió, a los que siempre están dispuestos para la burla y la crueldad, afirmar que esos deberían de ser los rasgos predominantes de ese divino representante de la Santísima Trinidad. 


  Como era de prever, y al intuir demonio en toda esa desbocada natalidad, la Santa Inquisición, a instancias del Obispo de Segovia (hombre vivaz, enjuto, de nariz prominente y orejas de soplillo), abrió causa y la pobre sor Teresa, a pesar de haber concebido sin aparente pecado, fue entregada al suplicio de la hoguera. Poco a poco se fue restableciendo la calma en el Monasterio de San José; las siete criaturas fueron discretamente ingresadas en el orfanato de las Madres Purísimas; el obispo se pudo incorporar de nuevo a sus ardientes quehaceres, y el Espíritu Santo -ya apaciguada su paternal obsesión- regresó a su divino mandato.


  Otro de los casos -este mucho más reciente- creo haberlo leído en el libro “Historias ciertas que tal vez sucedieron” del historiador inglés D.H.Waugh. En él se relata el terrible castigo que padeció, a mediados del siglo XVIII, el eminente hombre de estado Peter Chever. Según parece, al pobre desgraciado (después de muchos años forcejeando desde las bases de su partido hasta conseguir alcanzar un importante cargo en la Cámara de los Comunes inglesa) le sobrevinieron unas extrañas fiebres y, a partir de ese fatídico momento, fue absolutamente incapaz de decir una sola mentira. Estuviese con quien estuviese, hablase de lo que hablase,  ese hombre no podía decir cosa alguna que no fuese verdad.


Se entenderá que unos pocos meses fueran más que suficientes para que se cebaran en él todas las variantes del escarnio y el fracaso. Dilapidados todos los cargos y honores que con tanto esfuerzo había ido acumulando, ignorado por todos los que, hasta ese momento, formaban su extensa corte de aduladores, e incluso abandonado por su familia cuando les tuvo que decir la verdad de lo que pensaba de todos ellos, no le quedó otra al infeliz que usar el puente de Westminter para buscar, en las indiferentes aguas del Támesis, el definitivo consuelo. Ni en su lápida quiso dejar un postrer engaño, y por ello en sus últimas voluntades dejó reflejado el que tendría que ser su epitafio: “Créanme, no les miento, si les digo que aquí yace Peter Chever”. 


 Por lo demás. muchos fueron los casos de castigos -a cuál más terrible- que con el paso del tiempo conseguí recopilar. Algunos recuerdo que incluso me hicieron sonreír, como el del ermitaño que, después de pasarse veinte años en una cueva en el desierto para encontrar a Dios, Este se le presentó una noche estrellada y el pobre hombre no supo ni qué decirle, ni qué preguntarle, cosa que lo precipitó a la más absoluta desesperación; pero ninguno de ellos llegó a perturbarme como el que, Yng Chen, filósofo budista que vivió allá por el siglo VI, relata en su libro: “La rueda cuadrada.” Se cuenta allí la historia de Wao Chen -según parece, primo hermano suyo- que al nacer quedo atrapado en una sola hora. Nunca pudo salir de ella, y todos sus anhelos, esperanzas, amores, miedos, recuerdos, inquietudes, vejez y olvido; todo aquello que en un ser humano se expande a lo largo de sus años, a él le fue dado el horror de vivirlo en esos inconcebibles sesenta minutos. Unas angosturas, una comprensión, un arrebujarse unos con otros todos los aconteceres, que hicieron de esa hora en que, Wao Chen, todo lo vivió, un auténtico e inconcebible infierno.


No sigo. Me detengo aquí para no añadir un castigo más -el de que tengan que seguir escuchándome- a esa infinita y cruel lista de divinos castigos.  

miércoles, 28 de febrero de 2024

La fatiga de los materiales (Taller Bremen)

 


  En casi todas las cosas que suceden se diría que subyace una geometría, más o menos evidente, que parece obedecer a una misteriosa voluntad de ordenar el absurdo; de darle al sinsentido la posibilidad de aliviarse -de algún que otro modo- con un orden incomprensible y fugaz. Tal vez ese fue el motivo por el cual los tres (Mercedes, la taza del váter y él) formaban en ese instante un casi perfecto triángulo equilátero.  La mañana (una cualquiera de un mes que ni siquiera merece ser recordado) no era distinta de las que, con una cadencia sin apenas fisuras, ambos compartían desde hacía más de treinta años (un compás de espera del que, a decir verdad, ya ninguno de ellos esperaba gran cosa). Pedro llevaba puestas sus pantuflas azules que le daban un cierto aire de derrota sin batalla; Mercedes iba descalza y miraba fijamente la tapa de la taza del váter. A pesar de no ser la oratoria una de sus facultades más desarrolladas, Pedro atinó con una frase aparentemente sencilla pero que, a él, en ese extraño momento, le pareció suficiente.


  - ¿Se puede saber qué te pasa, Mercedes? 


  La respuesta de Mercedes (harta, sin que ella ni nadie lo supiera, de que no le pasará absolutamente nada desde hacía mucho tiempo) tampoco se podría considerar muy elaborada, aunque quiso acompañarla con una sonrisa extraña e inquietante, tanto que parecía no ser de ella; algo así como una sonrisa prestada por alguien para esa ocasión.


  - La tapa está abierta.


  Dijo eso Mercedes, sólo eso. Luego se puso el abrigo y sin más equipaje que ese préstamo en sus labios, abrió la puerta y se fue. Eso es todo lo que dio de sí la escena; el breve epílogo de esa perseverante inercia que cualquiera hubiese identificado como un matrimonio. 


  Pedro aún se quedó un buen rato absorto ante la dichosa tapa, como buscándole los ojos quién sabe si para hallar en ellos alguna explicación a lo sucedido; tiró varias veces de la cadena y, en un gesto equidistante de la perplejidad y la severa estulticia, incluso le dio -esta vez sí- por bajarla lentamente. 


  Discretos, apoyados tiernamente el uno en el otro, los dos cepillos de dientes parecía que se hacían cargo de todo ese súbito desamparo; tal vez intuyendo la inevitable separación y, a su manera, sabedores de que también para ellos habría un antes y un después de lo sucedido.


  Como era de prever, en apenas dos semanas tuvo Pedro configurada su lista de agravios y recriminaciones para poderla exponer a todos los espejos y también a los cuatro amigotes con los que, cada sábado por la tarde, sostenía la barra del bar antes del correspondiente partido.


  - Ni un San Valentín de los cojones sin su correspondiente caja de bombones; un precioso anillo de oro con un diamante incrustado (hay que decir que, tan bien acabado estaba, que ni siquiera Mercedes advirtió que era falso); dos hijos como Dios manda, digamos que más o menos parecidos a cualquier otro hijo; y ni un puto agosto sin sus correspondientes quince días en el camping “Ballena Alegre”, y a pesar de todo ello, coge y la muy zorra se larga sin darme ni una explicación.


  Esa era, con alguna que otra variante, la letanía que Pedro iba rezongando ante sus pocos y no excesivamente receptivos feligreses. Como suele ser habitual en estos casos, el tiempo no le añadió a ese hombre ni matices ni comprensión alguna, sino que más bien le fue dejando la vida en los puros huesos. Seis ideas preconcebidas; cuatro medias verdades deshilachadas; los rencores suficientes para mantenerse siempre un poco alejado de cualquier bondad; la persistente ignorancia de que se ignora; la rutina de vivir sin que apenas se sepa el motivo y -por qué no decirlo- esa leve e infinita ternura que desprende todo lo malogrado.


  De Mercedes nada se sabe, aunque nos gustaría pensar que mantiene la hermosa costumbre de comprarse calcetines de colores en los mercados; que tal vez se gastó lo que no tenía en un viaje a la India, donde vete a saber si un gaditano barbudo, pizpireto y hablador que conoció mientras veía navegar plácidamente a los muertos en el río Ganges, le quita la ropa algunas noches con inusitadas ganas; que mañana es una palabra que ha decidido olvidar; que ante el espejo se coge las arrugas con dos pinzas de colgar la ropa para que parezcan una sonrisa; que se morirá cualquier día de estos de la forma en que lo suelen hacer todas esas mujeres que, justo un momento antes, andaban aún empecinadas en la hermosa tozudez del vivir.  



 

El texto perfecto (Taller Bremen)

 



  Sería difícil establecer si es Ernesto el que observa, a través de la ventana, esas nubes azarosas (un poco torpes y casi alegres; juegan y se empujan unas a otras como niños en un patio sin duda desmesurado e inconcebible) o son ellas las que contemplan, más por tedio que por curiosidad, todo ese cansancio de un color gris verdoso que, con el paso del tiempo, se ha ido arrebujando en sus ojos. 

 

  Noventa y seis años; las manos pulcramente aradas y aún hermosas; el cabello, recio y abundante, resuelto a desmentir el general descalabro; y tras los cristales gruesos y empañados, una mirada obstinada en acechar todo aquello que, desde hace mucho tiempo, ya no alcanza a ver.


  Como cada mañana, sentado frente a la mesa de su escritorio y ante esa ventana a la que se aferran sus recuerdos, Ernesto intenta abstraerse de todas esas cosas que, con el consenso sin fisuras de la vejez, se obstinan en suceder. Y es que a su alrededor todo parece resuelto a querer desdecirse; se diría que a todo le urge llegar primero al olvido; que a nada ni a nadie le es posible quedarse, ni siquiera un rato, a su lado. 


  Sus amigos, ya definitivamente desatentos, confundidos entre las noticias sin suceso de mármoles y epitafios; la que fue su mujer enzarzada en el entrañable desorden de fotografías de una vieja caja de zapatos; la vecina del segundo tercera, con su sonrisita de conejo y sus buenos días siempre equidistantes de la pena y el parvulario; su médico de cabecera, inexplicablemente decidido a mantenerlo vivo aunque para ello lo tenga que matar una y otra vez; y por si todos esos despropósitos y abandonos  fueran insuficientes, el corazón, la próstata y los riñones siempre mirándole de reojo, esperando el momento oportuno para amotinarse y, precipitándolo por la borda, descansar ellos también de tan largo viaje. Enjambre de avispas alimentadas exclusivamente con anfetaminas, así percibiría Ernesto (si eso le fuera posible) todas esas presencias que revolotean alrededor de su desconcierto, de su perplejidad.


  De todo lo dicho cabría deducir (tal vez sin excesivo esfuerzo) que, aún habiendo mantenido la tenaz costumbre de la lectura (también el antiguo gusto por poner, una tras otra, algunas palabras y esperar a ver qué es lo que estas acertaban a contarle), no era en absoluto previsible que Ernesto atinara a crear el cuento más hermoso que jamás se haya escrito; que frente a esa ventana, y en apenas unas horas, ese hombre casi centenario consiguiera verter el texto perfecto.


  Lo que en ese prodigio se leía señalaba, sin nombrarlo, todo suceder; en él, cualquier tristeza podía escuchar el eco de todas las tristezas; la más pequeña alegría (también la más injustificable esperanza) cabía hallarlas entre sus párrafos inauditos. Todos los personajes parecían solazarse en el espejo de los afortunados -y sin duda improbables- lectores; nada de lo que en él se contaba podía ser contado de otra forma sin perjudicar con ello esa maravillosa historia.


  Los cuatro o cinco folios esparcidos por su escritorio acogían toda esa perfección; ese insólito mandato en el que los dioses habían acordado dictarle a Ernesto esas palabras precisas, ciertas e irrefutables.


  Cabe decir que un observador cualquiera, alguien distraído de lo esencial, un personaje previsible, de luces y entendimientos avaros en favorecerle (ese lector abundante e incompleto que sólo cree leer si hay algo escrito) se apresuraría a decir que todo esto es una burda patraña, una mera estupidez; que esos folios esparcidos por la mesa es obvio que están en blanco; que ningún texto figura en ellos; que ni siquiera una palabra reclama nuestra atención desde sus silenciosos renglones. 


  Sin depositar mucha confianza en ello, debería ser suficiente, para atenuar ni que sea un poco semejante ignorancia, señalar que, a ese inmejorable texto, a esa historia de historias tan maravillosamente hilvanada, la grosería de la pluma y el papel le son sino prescindibles, si que del todo innecesarias. Cada una de sus pacientes palabras sabe aguardar en ese lugar perfecto en el que los grandes libros han esperado su tal vez para ser contados; ese vertiginoso limbo en el que el ingenioso e inmortal hidalgo manchego, el inquieto rey de Ítaca, o el enloquecido capitán, aguardaron innumerables siglos a que algún Homero, Cervantes o Melville cualquiera se obstinara en la humana utopía de narrarlos. 


  Créanme si les digo que Ernesto ha concebido el cuento más hermoso que pueda imaginarse, sin que trascendencia o pedantería alguna le hayan impelido a la vana tarea de escribirlo. 


  Por lo demás, pronto anochecerá, y alguien que él ya no reconoce, bajará la persiana.



miércoles, 4 de octubre de 2023

Equívocos (Viaje al Cabo de Gata -6-)

 


 Indigestión, lluvia, dos conejos, tres palomas y gigantescos centros penitenciarios donde los tomates se diría que cumplen pena por un incomprensible delito. Allí maduran de cualquier manera bajo un cielo de plástico. Huertas del infierno, sin pájaros, nubes ni caracoles; tomates masificados; tomates alienados; tristes tomates hermanos.


 En el camping hay grandes aventureros varados para siempre en sus parcelas; solitarios bungalows haciéndose compañía; caravanas que, como tristes y enormes perros, esperan a su amo. 


 Por fin la lluvia ha cesado en su empeño; se diría que se ha quedado sin ganas. Por fin la lluvia parece haberse cansado de ser lo que se supone que es. La gente va asomándose despacio a la mañana como caracoles recelosos. Un ojo al cielo y el otro al charco. Desde San José parte el camino, estropeado por la torrentadas, que lleva a las playas de Mosul y de los Genoveses.


 Caracolas, iridiscentes medusas y algunos troncos varados que parecen descansar de un largo viaje. Playas desmesuradas, casi lunares, donde el verde y el azul se pueden escuchar con solo prestar un poco de atención. Y allí la cifra que proponen las olas; esa eterna e inaudita cifra de sal y misterio; inmemorial recuento de todo y para nada.


domingo, 17 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -5-)

 


 De Lucainena de las Torres salimos -la lluvia y nosotros- por una carretera estrecha a la que se asoman dos pueblos: Turrillas y los Retacos. A medio camino decidimos  instalar nuestro campamento y pasar la noche justo enfrente de unos antiguos hornos de calcinación. Según parece, a principios del siglo pasado estas tierras fueron el epicentro de la minería almeriense, y en estos hornos se fundía el materia extraído para separar de él las impurezas. Todo ello se lo llevó por delante el tiempo y poco después de terminar la guerra civil la actividad minera de la zona quedó completamente abandonada. Hace algunos años, el Ayuntamiento de Lucainena decidió acondicionar este cadaver industrial para convertirlo en reclamo turístico (es una obviedad -en lo que a la historia se refiere- señalar su fino sentido del humor: que las duras condiciones de vida de los mineros de la silicosis y el destajo acabe siendo vertida en un tríptico informativo destinado a nosotros, ociosos visitantes de la zona, es uno de los innumerables ejemplos-).


 El tenue ladrido de la lluvia; el repiqueteo de algunas piedras que el agua despeña; las montañas, que se van alejando hasta un horizonte en el que apenas son vistas. Todo ello acogido por la noche, que va esparciendo sus cosas entre los huecos del silencio.


 Es innecesario decir que la mañana se levanta con lluvia; que el desierto entero está inundado; que es incomprensible que Ford Bravo y el Bueno, el Feo y el Malo se rodaran aquí, cuando lo suyo sería haber rodado Moby Dick, Veinte mil leguas de viaje submarino e incluso una versión andaluza de Titanic. Los campos, de un natural reseco y polvoriento, forman generosas lagunas; los caminos estan impracticables; las boinas de los campesinos caladas hasta el rabillo. Probablemente, Noé debe de estar al llegar.


 Abandonamos la marisma desértica y nos dirijimos a Cabo de Gata, pero la lluvia -que no es tonta- no cae en el engaño y decide acompañarnos hasta la misma puerta del camping y, una vez allí, se instala cómodamente con  nosotros.


domingo, 10 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -4-)

 


 Cada lugar -cada persona- asume su deteriodo, su ruina lenta, de manera distinta. En medio de la nada, el restaurante Route 66 -modesto y voluntarioso homenaje a la famosa carretera que cruza Estados Unidos- configura la suya con un cromatismo gastado, un desvarío de formas y colores, un casi sorprendente batiburrillo de cliches norteamericanos cubiertos de polvo -tres o cuatro enormes autos ya vencidos por el óxido; las más grotescas Marilyns Monroe que uno pueda imaginarse;  un menú que quiere recordar a la Sexta Avenida y todo ello regentado por una agradable sonrisa de la que algunos dientes -imagino- desertaron hace ya mucho tiempo-. Agradable fusión de Arizona y Almería a la que se le puede coger cariño a partir de la segunda cerveza. Pagamos, sonreímos y nos vamos intentando -sin conseguirlo- andar como lo hacía John Wayne en Centaruros del Desierto.


 Al rato se distrea un poco la lluvia mirando un no se qué. Tiempo suficiente para constatar que Lucainena de las Torres es un pueblo chico y empinado que se deja ver -digamos que es uno de esos lugares con ganas de gustar-.

Detrás de cada flor hay una casa que la resguarda. Fantasmagóricos dedos resiguen paredes encaladas. Un hombre, apoyado en la reja de una terraza, mira ensimismado como si en realidad hubiese algo que ver. Por lo demás, se diría que en todos los rincones hay alguna cosa que se parece a la demora; que todas sus calles cobijan alguna ausencia.


viernes, 8 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -3-)

 


 En Lucainena de las Torres la tormenta confunde y deshilacha sus callecitas empinadas. Todo parece esperarase, paciente, a que se les pase el enojo a los negros nubarrones. Por el barranco maldicen algunos truenos. Nosotros hacemos ver que no nos importa y dejamos a la lluvia lloviendo para dirigirnos a Sorbes, un pueblo despeinado, mal vestido, se diría que estéticamente indiferente y despreocupado. Dos casitas con algún encanto, una pequeña plaza que se deja sentar, la Ermita de Sant Roque -que se proclama de estilo popular- y un apuro al no saber si de sus angostas calles podrá salir nuestra querida furgoneta.