miércoles, 4 de octubre de 2023

Equívocos (Viaje al Cabo de Gata -6-)

 


 Indigestión, lluvia, dos conejos, tres palomas y gigantescos centros penitenciarios donde los tomates se diría que cumplen pena por un incomprensible delito. Allí maduran de cualquier manera bajo un cielo de plástico. Huertas del infierno, sin pájaros, nubes ni caracoles; tomates masificados; tomates alienados; tristes tomates hermanos.


 En el camping hay grandes aventureros varados para siempre en sus parcelas; solitarios bungalows haciéndose compañía; caravanas que, como tristes y enormes perros, esperan a su amo. 


 Por fin la lluvia ha cesado en su empeño; se diría que se ha quedado sin ganas. Por fin la lluvia parece haberse cansado de ser lo que se supone que es. La gente va asomándose despacio a la mañana como caracoles recelosos. Un ojo al cielo y el otro al charco. Desde San José parte el camino, estropeado por la torrentadas, que lleva a las playas de Mosul y de los Genoveses.


 Caracolas, iridiscentes medusas y algunos troncos varados que parecen descansar de un largo viaje. Playas desmesuradas, casi lunares, donde el verde y el azul se pueden escuchar con solo prestar un poco de atención. Y allí la cifra que proponen las olas; esa eterna e inaudita cifra de sal y misterio; inmemorial recuento de todo y para nada.


domingo, 17 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -5-)

 


 De Lucainena de las Torres salimos -la lluvia y nosotros- por una carretera estrecha a la que se asoman dos pueblos: Turrillas y los Retacos. A medio camino decidimos  instalar nuestro campamento y pasar la noche justo enfrente de unos antiguos hornos de calcinación. Según parece, a principios del siglo pasado estas tierras fueron el epicentro de la minería almeriense, y en estos hornos se fundía el materia extraído para separar de él las impurezas. Todo ello se lo llevó por delante el tiempo y poco después de terminar la guerra civil la actividad minera de la zona quedó completamente abandonada. Hace algunos años, el Ayuntamiento de Lucainena decidió acondicionar este cadaver industrial para convertirlo en reclamo turístico (es una obviedad -en lo que a la historia se refiere- señalar su fino sentido del humor: que las duras condiciones de vida de los mineros de la silicosis y el destajo acabe siendo vertida en un tríptico informativo destinado a nosotros, ociosos visitantes de la zona, es uno de los innumerables ejemplos-).


 El tenue ladrido de la lluvia; el repiqueteo de algunas piedras que el agua despeña; las montañas, que se van alejando hasta un horizonte en el que apenas son vistas. Todo ello acogido por la noche, que va esparciendo sus cosas entre los huecos del silencio.


 Es innecesario decir que la mañana se levanta con lluvia; que el desierto entero está inundado; que es incomprensible que Ford Bravo y el Bueno, el Feo y el Malo se rodaran aquí, cuando lo suyo sería haber rodado Moby Dick, Veinte mil leguas de viaje submarino e incluso una versión andaluza de Titanic. Los campos, de un natural reseco y polvoriento, forman generosas lagunas; los caminos estan impracticables; las boinas de los campesinos caladas hasta el rabillo. Probablemente, Noé debe de estar al llegar.


 Abandonamos la marisma desértica y nos dirijimos a Cabo de Gata, pero la lluvia -que no es tonta- no cae en el engaño y decide acompañarnos hasta la misma puerta del camping y, una vez allí, se instala cómodamente con  nosotros.


domingo, 10 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -4-)

 


 Cada lugar -cada persona- asume su deteriodo, su ruina lenta, de manera distinta. En medio de la nada, el restaurante Route 66 -modesto y voluntarioso homenaje a la famosa carretera que cruza Estados Unidos- configura la suya con un cromatismo gastado, un desvarío de formas y colores, un casi sorprendente batiburrillo de cliches norteamericanos cubiertos de polvo -tres o cuatro enormes autos ya vencidos por el óxido; las más grotescas Marilyns Monroe que uno pueda imaginarse;  un menú que quiere recordar a la Sexta Avenida y todo ello regentado por una agradable sonrisa de la que algunos dientes -imagino- desertaron hace ya mucho tiempo-. Agradable fusión de Arizona y Almería a la que se le puede coger cariño a partir de la segunda cerveza. Pagamos, sonreímos y nos vamos intentando -sin conseguirlo- andar como lo hacía John Wayne en Centaruros del Desierto.


 Al rato se distrea un poco la lluvia mirando un no se qué. Tiempo suficiente para constatar que Lucainena de las Torres es un pueblo chico y empinado que se deja ver -digamos que es uno de esos lugares con ganas de gustar-.

Detrás de cada flor hay una casa que la resguarda. Fantasmagóricos dedos resiguen paredes encaladas. Un hombre, apoyado en la reja de una terraza, mira ensimismado como si en realidad hubiese algo que ver. Por lo demás, se diría que en todos los rincones hay alguna cosa que se parece a la demora; que todas sus calles cobijan alguna ausencia.


viernes, 8 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -3-)

 


 En Lucainena de las Torres la tormenta confunde y deshilacha sus callecitas empinadas. Todo parece esperarase, paciente, a que se les pase el enojo a los negros nubarrones. Por el barranco maldicen algunos truenos. Nosotros hacemos ver que no nos importa y dejamos a la lluvia lloviendo para dirigirnos a Sorbes, un pueblo despeinado, mal vestido, se diría que estéticamente indiferente y despreocupado. Dos casitas con algún encanto, una pequeña plaza que se deja sentar, la Ermita de Sant Roque -que se proclama de estilo popular- y un apuro al no saber si de sus angostas calles podrá salir nuestra querida furgoneta.  


miércoles, 6 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -2-)

 


 Casitas cuadradas, con sus flores, su cal y su poquito de recelo. Lloviznea y los mismos perros de ayer van despertando sin prisas al pueblo. De pronto, entre la niebla, aparece un parloteo de mujeres, como un revuelo de palabras que, empujándose unas a otras, pugnasen por ser dichas. Visten ropa que quiere ser deportiva y se queda en desmanejada. Algo parecido a una música que -a modo de reclamo- regurgita el pabellón polideportivo, las va engullendo despacio una a una. Todo indica que van a dar clase de algún tipo de danza cuyos orígenes probablemente habría que buscar muy lejos de estas enjutas y resecas tierras.

-Buenos días, un café corto y uno largo-, y desde las cuatro mesas desvencijadas algunas miradas, con más cansancio que malicia, se demoran un poco en nosotros. Luego las calles humildes que el tiempo desde siempre desprecia, y la torrentera por cuyo cauce corren alborotadas aguas de tierra sorprendida; aguas recientes que parecen ignorar su destino de barro y a las que, sin duda, ningún mar aguarda. 


martes, 5 de septiembre de 2023

Equívocos (Viaje a Cabo de Gata -1-)

 






  Es evidente que se nos ha encariñado la lluvia. Inconsciente, se agarra al parabrisas sin importarle lo más mínimo el inevitable atropello; ni siquiera el desierto, con su carácter arisco, parece intimidarla. No cabe duda de que le hemos caído bien, de que se ha empecinado en ir a donde nosotros vamos. Húmeda tozudez que no quiere ni oír hablar de despedidas. Así, al pasar por Tarragona se diría que sonríe; que se trata de una lluvia entre amigos casi disculpándose por llover. En Valencia muerde como un perro desatado y rabioso a dentelladas con la tarde; lanzándose incluso, sin amedrentarse, sobre los enormes camiones que la embisten. En Almería, tal vez agotada de su larga y dura jornada, bosteza. Normal, si tenemos en cuenta que la pobre lleva más de ochocientos quilómetros lloviendo; y es que hay amores que, si no llegan a matar, no cabe duda de que por lo menos te dejan empapadas casi todas las certezas. Afortunadamente, Tabernas, ya adormecida por los perros, nos acoge sin ofrecer apenas resistencia.

jueves, 1 de diciembre de 2022

Una pequeña herejía (Taller Bremen)


 

Que de todo lo que debería dar cuenta de lo sucedido quede bien poco -a decir verdad casi nada-, no quita de que la historia, tan a menudo soprendente y generosa, tal vez les ceda un rinconcito polvoriento en el que guarecerse durante algún tiempo. Fue en los interminables inviernos de Shurrery, un pueblecito escocés cerca del lago Calder en el que se arrebujaban tres casas asediadas por la humedad y un viejo almacen reumático, donde germinó, según cuentan los escasos y poco sagrados textos que se conservan,  la nueva y efímera fe.


El padre de esa pequeña herejía, digamos que de ese minúsculo desliz místico, era un hombrecillo enjuto y desdibujado -casi una silueta- cuyo rostro parecía haber sido arado por un labrador enloquecido. Se llamaba, como casi todos sus ancestros, Graham Kade, pero en su deriva divina se hizo rebautizar como Tláloc, el dicharachero dios azteca del agua y de la fertilidad. Como es de suponer, ninguno de los pocos lugareños que habitaban esas soledades albergaba la más mínima duda del definitivo alejamiento de cualquier cordura que su vecino había emprendido. Entre otras muchas excentrecidades, el verlo danzar desnudo bajo la lluvia entre los hierbajos de lo que tendría que haber sido un jardín y se quedó en unos cientos de metros cuadrados de desolación, no permitía quitarles la razón. 


Dios de la lluvia y, por extensión, de los ríos, de los lagos, de los mares, de las lagrimas e incluso, puestos a endiosarse, de todas y cada una de las humedades, sean estas libidinosas o no, que la vida acoge. De este modo se autoproclamaba Graham Kade sin apenas despeinarse por ello las devastadas islas de pelo rojizo que se asomaban en su cabeza. 


Al principio -y a decir verdad, tampoco al final- ningún plural era apropiado para referirse a sus discípulos. Un trastabillante tonel de whisky curiosamente remodelado en forma humana -ojos saltones y manos como palas de quitar nieve- llamado Knox Murray, era el único que regularmente asistía, cogido de la mano de sus oceánicas borracheras, a las ceremonias de iniciación. Como no podía ser de otra manera, en esos ritos anexados a la incipiente y fugaz religión habían mangueras, cánticos, ofrendas, danzas e incluso sacrificios de sapos y culebras, sobra decir que de agua.


A pesar de que ser el dios de la lluvia en Escocia es algo que se escora más hacia la vulgaridad que hacia lo divino, la cuestión es que bien sea por curiosidad, maldad, o por cualquiera de las otras formas que suele adoptar el tedio, lo cierto es que con el paso de los inviernos el número de discipulos fue creciendo hasta llegar a tres -cuatro si se tienen en cuenta  las esporádicas visitas que la señora Rosslyn Lynch hacía al carcomido santuario del diosecillo escocés-. Viuda desde hacía tanto tiempo que nadie recordaba si en realidad estuvo casada y con quién,   no perdía ocasión para explicar, a quien quisiera oirla, que estava  locamente prendada de las formas sinuosas, de la piel siempre vibrante, de los colores imposibles que revestían al omnipresente lago Calder, y de ahí que le pareciera lo más normal del mundo hecharle un vistazo a ese personaje que afirmaba ser el supremo representante de todas las humedades habidas y por haber. 


Con el tiempo, la señora Rosslyn pasó de la burla a la costumbre, de esta a la admiración y, finalmente y sin apenas darse cuenta, a la más inquebrantable fe. Tan sorprendente fue el proceso que en poco tiempo se acabó convirtiendo en la primera -y única que se sepa- apostol que recibió el encargo del mismísimo señor Murray, un poco antes de morir el pobre hombre de unas diarreas persistentes, de recorrer el mundo para proclamar el advenimiento del nuevo mesías y, al mismo tiempo, aprovechar el viaje para transmitir sus más bien escasas enseñanzas.


En un arranque de determinación y clarividencia, la señora Rosslyn decidió dirigirse hacia el sur para dar inicio a su labor evangelizadora. Se compró algo parecido a una túnica de color azul cielo, vació la magra cuenta corriente que tenía en el banco y cuando quiso darse cuenta ya estaba metida en un tren que la iba alejando de los aguaceros de media tarde, de las nieblas persistentes y del asedio incesante que los musgos y los líquenes infligian al pueblucho desde tiempos inmmemoriales.


Si fue el azar o una decisión precipitada la que la llevo a Écija es algo que en realidad no se sabe. Lo que si se ha podido rescatar momentáneamente del olvido es que recaló en esa luminosa y cálida ciudad y que al principio consiguió llamar la atención con sus prédicas de algunos de sus habitantes.


Fuentes de poco fiar aseguran que un domingo por la mañana llegaron a ser más de quince los que bailaban desnudos en el garaje que Rosslyn habilitó como templo para convocar al pequeño Tláloc y, al mismo tiempo, congraciarse de alguna manera con la esquiva lluvia. Como era de prever, el termómetro abatió la escasa fe que la voluntariosa apóstol había conseguido atraer, y un miércoles de agosto, a eso de las seis de la tarde, con la freidora funcionando a pleno pulmón por las callejuelas de la ciudad, Rocío Fernández, la última feligresa que le quedaba a la congregación, se quedo mirando fijamente a los ojos de Rosslyn y antes de cerrar de un airado portazo el garaje le soltó, con ese gracioso acento gaditano, un:


-Váyase usted y su diosecillo enano a la mierda.


De Rosslyn poco más se supo. Según parece, dejó los hábitos y se acabó casando con un pescador de bajura del Puerto de Santa María que solo tenía tres dientes muy alejados entre ellos, aunque eso sí, unos ojos que, de alguna manera, a Rosslyn le recordaban el color del lago Calder en los lejanos atardeceres de invierno.